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Una arriesgada confesión [priv Magheq]

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Una arriesgada confesión [priv Magheq]

Mensaje por Ayperos el Sáb Nov 23, 2013 3:16 pm

Habían pasado unos meses desde que Ayperos aceptó colaborar a regañadientes con el IV, después que él lo derrotara de una manera fulminante y del todo humilladora para su persona. Magheq era el segundo de aquellos estúpidos y prepotentes alquimistas que conseguía vencerle en una lucha, pero al contrario de como le pasó con el primero, el V, quien consiguió detenerle antes de que el demonio destruyera la ciudad en la que se encontraban, la reyerta con el nuevo Rey de Tenebris Exules fue mucho más explosiva y singular, apocalíptica para el escenario en la que se dio lugar, y además en su fuero interno tenía que reconocer que ese tuerto tenía agallas y un gran poder, pues logró derrotarle con aquella fea herida todavía abierta y sangrante en su rostro.

Aunque ambos alquimistas lo habían derrotado en sendas batallas, Ayperos solo le guardaba un odio visceral al V, a quien le tenía jurada una muerte lenta y dolorosa, mientras que con el IV había terminado desarrollando un cierto tipo de extraña amistad, por llamarla de algún modo, pues alquimista y demonio son seres completamente opuestos, nacidos para matarse mutuamente, y difícilmente se puede fraguar una verdadera confraternidad, pues nunca podían confiar el uno en el otro. Pero la personalidad de Magheq le resultaba atrayente, como magnética. Le divertía muchísimo estar a su lado, mantener elevadas discusiones sobre estrategias de lucha, o emborrachándose junto a ese Rey de pacotilla que pretendía ser su Dueño. Aunque no nos engañemos, todo eso solo hacía que Ayperos se sintiera lo suficientemente cómodo a su lado como para poder trabajar con él, y divertirse a su costa, pero no todo el odio estaba olvidado. En su interior, el demonio de pelo carmesí esperaba la oportunidad de poder vengarse de aquel tuerto que lo había humillado en el campo de batalla. Y si de algo disponía el ser de la oscuridad era de tiempo ilimitado. Antes o después se le presentaría la ocasión idónea para poder ejercer la venganza que su orgullo herido le reclamaba a gritos desde lo más profundo de su negro y oscuro corazón de diablo, y él la aprovecharía sin preocuparse ni sentir ningún tipo de remordimiento por ello. Por algo era el peor de los diablos.

Las primeras misiones que el Rey le encomendó parecían casi jugarretas. Encomiendas absurdas, como mantener con vida a un crío numen. Algo que podría haber llevado a cabo cualquier otro de los subordinados de Magheq, pero que había decidido encargarle a él, para su propio recreo. Eso hizo que poco a poco, el rencor que el de pelo carmesí le guardaba al Rey tuerto fuese creciendo de manera exponencial. Esta última misión, en cambio, llenó a Ayperos de orgullo y sed de sangre. El Rey tuerto le había encomendado liquidar a un clan de demonios renegados que amenazaban con iniciar una rebelión contra el recién entronado, para quedarse ellos con aquel territorio abandonado de la mano de Dios. Los rumores habían llegado al Atrium Sinister, y Magheq no quería esperar más tiempo para averiguar si lo que decían las malas lenguas era verdad o no. Su orden fue clara y precisa, “Liquídalos a todos, que no quede una sola alma  con vida en ese lugar”. El pelirrosa solo podía darse el gusto de matar a otros de su misma especie en contadas ocasiones, normalmente sus objetivos eran simples numens, vampiros o algún que otro androide, pero demonios era raro que estuvieran en la lista negra de el IV o de su señor Ut. Y por eso partió lleno de alegría y vitalidad a cumplir su encargo.

Ayperos estuvo ausente durante tres días. Ese es el tiempo que necesitó para investigar las escasas pistas que le habían dado, reunir nueva información, interrogar y torturar a los sospechosos, y finalmente aniquilar a ese clan de demonios idiotas que pretendían arrebatarle a Magheq aquel territorio que tan duro había peleado por ganar. Al atardecer del tercer día el demonio de pelo carmesí apareció fluctuando en la misma habitación en la que se encontraba el tuerto Su Majestad le saludó, inclinándose ligeramente, pero sin dejar de usar el tono burlón que siempre utilizaba cuando usaba ese apelativo para dirigirse a él – La facción de traidores ha sido completamente exterminada, como ordenaste – continuó diciéndole. Estaba claro que Ayperos había vuelto directamente desde el campo de batalla, pues sus ropajes estaban rotos, quemados en algunos puntos. Para aquella ocasión el demonio se había vestido con un kimono de seda roja, de un color tan brillante e intenso como el fuego. En la parte posterior del ropaje, cruzaban en diagonal, desde los omoplatos hasta casi los tobillos, tres largas y gruesas ramas de bambú. Llevaba la sombrilla que era su arma inseparable, colgada del hombro a su espalda. Y lucía la alta trenza algo despeinada. Se le veían ciertas heridas y moretones aquí y allá, pero nada de importancia. Al día siguiente el demonio estaría completamente sanado, como si nada de aquello hubiese pasado.

Ayperos se acercó al IV y le pasó un brazo por encima del hombro, acercándose con una sonrisa ambigua, entre amistosa y peligrosa en los labios Mi bienamado Rey empezó a decirle – Hace meses que cumplo con tus misiones, sin quejarme por ello – eso era mentira, evidentemente el demonio pelirrosado había peleado con rabia cada vez que ese tuerto le había encomendado una de sus estúpidas misiones, pero quería conseguir algo de él, y por eso usaba su capacidad de persuasión, y su tono más amable. Claro que el haber exterminado a ese clan de hermanos infernales también ayudaba a su buen humor. – Todo lo que hacemos es trabajar, y nunca salimos a divertirnos – continuó, soltando el agarre sobre  el hombro del contrario, pero sin separarse demasiado de él, apenas unos pasos – Exijo que me muestres cómo se divierte un verdadero monarca en esta ciudad – su rostro mostraba un gesto serio, que no admitía discusiones. – Estoy cansado de tanta monotonía, de que un día sea igual que el anterior ¡Me aburro! Reclamo una buena juerga. ¡Quiero vino y lindos mozos de culos prietos! ¡Quiero un banquete! ¡Y rebaños de prostitutos deslenguados! – Ayperos miraba hacia la nada, donde se escondía la fantasía que estaba creando en su mente, y hablaba cada vez con el tono de voz más alto, en pie con una mano alzada, cerrada en un puño, enfatizando con ella sus palabras. De repente se calló, bajó su mano y clavó su afilada mirada en las pupilas del moreno. Una última sentencia salió de su boca - ¡Quiero una bacanal, y la quiero ya! -
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Re: Una arriesgada confesión [priv Magheq]

Mensaje por "Magheq" IV. Kahlfuss el Dom Nov 24, 2013 8:32 pm

Tecleó los dedos por la rupestre mesa que se hacía hueco en aquel lugar bautizado como el despacho de tamaña propiedad construida en medio de aquel imperio que ahora era de sus más vanidosas pertenencias. Codo izquierdo reposaba en la madera y el mentón del soberano descansaba sobre abierta palma, su único ojo provechoso yacía con el párpado entornado evidenciando el aburrimiento de lo presenciado. Eran dos los hombres frente a sí los que parecían entusiasmados en adueñarse de tierras venideras próximos a los límites de Exules y explicaban atildados planes con enardecimiento en cada palabra apostillada cuidadosamente para el que debía escucharlas. Un bostezo por su parte logró enmudecerles y ni un solo sonido de lamento brotó de los labios de aquellos numan, intercambiaron una rápida mirada entre ellos.

-Pero Ma...- tal fue la mirada de odio dedicada por el morocho que el hombre aclaró garganta. –... Mi Señor, son tierras de alto níve-...--
-No me interesa.-
-P...-- de nuevo se vio callada por mirada cargada en aversión.

No hubo más tanteos de persuasión. Exageradas reverencias, un par de cordiales palabras por parte de aquellos y sus traseros se ausentaron del lugar. No alcanzaba los tres, quizás cuatro meses de mandato empero ya habían sido cuantiosas las ofertas de unirse a otros para derrocar distintos puntos de la geografía actual con promesas de adicionar terrenos y compartir beneficios monetarios. La fama de Exules era ahora oscura, tétrica. Contaban ya que Rey tuerto tenía potestad sobre un demonio con el pelo tan rojo cómo aquella sangre que, decían, derramaba sin piedad. Y nada más lejos de retorcida realidad, su mano apuntaba al malhechor y el verdugo iba tras ellos sin tentativas a revelarse, al menos, no por ahora. Había certificado lealtad con irrisorias misiones, ordenándole lo que otro no hubiera ejecutado, exigiéndole audiencia en algunas convenciones, cuidando de estúpidos numens malcriados... Más bajo toda diversión que aquello pudiera provocarle Ayperos se ganó lugar en sus filas más valerosas y en aquella ocasión le fue enmendada importante cometido: Salvar su real trasero de aquellos que deseaban importunarle tierras. El mandato se hallaba ya expirado por aquel que se valía con una sombrilla como arma y una vez más, adepto no le falló en su encargo.

No trascurrieron ni tres minutos que los hombres que procuraban tenderle la mano habían ocultado presencia en los oscuros pasillos del lugar que el otro se adueñó en posiciones de su despacho con un apelativo que siempre sonó ironía en labios de su guerrero. Afiló la mirada y no movió o cambió la posición, impávido frente al que acababa de volver de feroz batalla, sus ropas evidenciaban que aquellos a los que persiguió hicieron polémica la guerra pero una vez más, el trenzado hacia acopio a una energía y un nervio que no lograba más que molestar a quién era indudablemente más calmo. Torció los labios en un fallido intento de sonrisa. –No esperaba menos de ti.- el tono sátiro en la voz del de oscura pelambrera hizo eco a lo que realmente pensaba: Has tenido suerte. Consideró desde los inicios que aquella relación era un constante tirar y aflojar de la cuerda invisible. Cuando debían eran compañeros de bebida e incluso de carnavalada, en ése momento la soga no tiraba el cuello. En época de tensión era él quién arriaba correa y ponía en rectitud al ajeno... Peculiar amistad, insólita manera de confiar. No obstante y a esas alturas seguía sin entender por qué. Se vería incapaz de apartarlo de su lado, pero tampoco lo deseaba próximo. El vínculo de unión era tan intenso que se salía del límite de su entendimiento, razón por la cual dejó de pensar en ése vivaracho cómo un enemigo al que vigilar. Ahora era un enemigo al que procurar boyante para que las siguientes enmiendas prosiguieran siendo ejecutadas con la capacidad mostrada hasta ése momento.

Y cómo todo dueño del descarriado, ahí tenía la demanda de fiesta tras trabajo bien hecho, aunque con la peculiar postilación que el otro tenía para mostrar su entusiasmo. Procaz sonrisa bañó la antes tensa comisura del gobernante y el tanteo de sus dígitos cesó, apoyándolos cuan largos eran sobre la superficie para darse soporte en esta y terminar en pie tras la mesa que parecía hacerle de burladero. –Confieso que no sé cómo se divierten los monarcas de esta ciudad- oh, eso era por que... ¡Ah, sí! Era el único. Y diversión sin duda no le acompañaba. –Pero advierto por tus palabras que tú sí, mi querido verdugo.- miró atrás de sí, el atardecer caía en aquellos terrenos ahora bañados por anaranjada luz tenue. Sí. Quizás se merecieran el descanso que el otro parecía desear imponer y es que desde festejo concurrido tras la batalla no había tenido ocasión para empalarse en algún redondeado y níveo trasero. No hicieron falta ruegos, Magheq aceptó con vehemente mirada, ya hasta era posible tener comunicación no verbal con el otro. – Pero antes lávate. ¿Quieres espantarlos con esas ropas?- carcajeó, el contacto del otro en ése abrazo le tiñó en aquella personalidad ladina que únicamente acostumbraba junto a él. Hombro diestro perteneciente empujó con vil diversión la del otro buscando encontrar un punto de inflexión, quizá para molestarle, tal vez para verle caer... una vez más.–Ordenaré que traigan prostitutos de ciudades venideras. El alcohol ya guarda por nosotros.- vino y en cantidades no podía faltar en palacio pues era bebida preferida del gobernante.

Merezco ser recompensado por... la victoria.- sí, él y no Ayperos, aquello volvió a entonarlo en son de clara burla en lo que observaba al que ahora tenía junto a él. Pocos eran los que serían tan valientes cómo para tocarle. Como para acercarse. Apuntó con un ligero movimiento de cabeza el ventanal que ambos tenían a sus espaldas. –Guardaré tú trasero en la sala principal cuando sea oscuro.- estaba otorgándole una hora, a lo sumo hora y media para adecentarse, de paso, podrían traer los apetitosos traseros de los que de buena gana aceptaría caricias. Hizo ademán de movimiento pero antes dedicó una última sonrisa al vencedor de la tormentosa lucha. Únicamente eso. Una sonrisa. Emprendió entonces rumbo sin cruzar más palabra u mirada y llevó sus pasos donde era menester para dar pie a su petición: Hombres. Aquellos que debían encargarse de la tarea compartieron incrédulas miradas mas sin cuestionar al altísimo agarraron caballos para no fallar en cuanto a horarios y emprendieron rumbo al lugar previamente citado por el monarca. Un par de exigencias en cocina y los que allí restaban tendrían preparadas fuentes del mejor vino con algún aperitivo para los que celebrarían fiesta privada. Ningún otro del imperio sería un comensal. Sin lugar a dudas, quizás, estaba dando demasiada importancia a ése estúpido de Ayperos.

Noche cayó por fin y los preparativos en la sala le fueron anunciados previamente a entrar: Grandes velas serían las que alumbrarían la posición de los que asistirían, contaban con un par de sillones, otras tantas sillas, alcohol de distintos tipos, comida y... Chicos. Unos seis podían contarse, todos ellos de etnias y portes distintos para la elección del anfitrión e invitado, restaban contra una pared que parecía hacerles de escenario. Iban desnudos en su totalidad, manos atadas a la espalda para poder lucir el cuerpo sin vergüenza de por medio y tintineante vela les alumbraba escasamente, dándoles tamaña importancia en medio de aquella singular muestra de bebida y comida. Todo estaba entera disposición para los que deseaban inhibirse después de arduo trabajo compartido, codo con codo, espalda contra espalda.

Sus pasos le llevaron a internarse en la semi oscura habitación. Sus vestimentas eran cómo las acostumbradas: Kimono de la más cara seda importada de una tonalidad morada junto a un obi que se ceñía a su escueta cintura. Era todo cuanto cubría su cuerpo, pues tan siquiera portaba zapatos, considerándolos prendas totalmente innecesarias a la par de molestas si uno se encontraba en la seguridad del hogar. Tomó una de aquellas de vidrio dejadas expresamente sobre la mesa y la detalló con la mirada: Limpia. Transparente. Miró de reojo los trémulos cuerpos expuestos y sonrió socarrón antes de servirse el líquido traslucido del sake en lo que sería su primera copa. La puerta se abrió y supo quién era pues nadie era tan imbécil de irrumpir en la escena sin antes llamar a la puerta. Alzó su copa llena. - Por mi.- terció, burlesco. Empinó el brazo y dejó que la primera consumición le ardiera en la garganta.





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Re: Una arriesgada confesión [priv Magheq]

Mensaje por Ayperos el Mar Nov 26, 2013 8:45 am

Ayperos no tuvo que insistir demasiado con su petición, casi una orden, de tener una buena juerga esa noche. Parecía que Magheq tenía tantas ganas como él mismo de olvidar durante unas horas la rectitud y seriedad que exigía el reinado de un territorio lleno de vándalos, como era el suyo, y en seguida aceptó su sugerencia, mostrándose incluso más animado. En ese momento el Rey tuerto hizo ese sagaz comentario, apuntando que debía ser él el que obtuviera un premio por la victoria – Un Rey sin un buen General en su ejército es como un jinete sin montura – le dijo al IV “Totalmente inútil” añadió para sí mismo. En otra situación habría seguido de buen grado el juego de Magheq, lanzándose pullas una tras otra sin cesar, pero el demonio estaba realmente cansado de tanto pelear. Incluso él, que había sido creado por el mismísimo Ut solo para crear conflictos y traer la muerte al mundo, necesitaba de vez en cuando un respiro y darse un buen jolgorio. ¿…Era realmente una sonrisa aquello que le había visto florecer en sus labios? Ver reírse al IV era tan difícil como presenciar un eclipse. Un hecho que solo ocurría muy de vez en cuando a lo largo de la historia, y que si no estabas en el lugar y hora adecuados, podías perdértelo, y tendrías  que esperar pacientemente hasta la siguiente oportunidad, que podría no darse hasta dentro de muchos años.

Magheq le dio un tiempo para adecentarse, y le citó en la sala principal al anochecer, el diablo volvió a inclinarse levemente para despedirse Mi Rey pronunció con sorna, mirándole directamente a los ojos. Esos dos hombres eran como felinos salvajes defendiendo su territorio, que por el momento había ganado el tuerto. Pero Ayperos no perdía oportunidad de evaluarle, cada uno de sus gestos, el tono de su voz, incluso el brillo de su mirada. Si en algún momento viese a Magheq flaqueando, perdiendo una pizca de su valor, entonces le atacaría sin pensárselo dos veces. Él no era un demonio que trabajase a las órdenes de cualquiera.  Ayperos era con diferencia el mejor de todos los de su especie, y solo un alma oscura, retorcida y bruta podría contener su furia. Por el momento el Rey tuerto estaba cumpliendo bien con su papel, y no le había visto dudar ni una sola ocasión. Pero llegaría el día en que el de pelo negro mostrase alguna debilidad, y entonces el demonio aprovecharía aquel símbolo de flaqueza para derrocarle, y proclamarse él como Soberano único e indiscutible de aquel territorio inhóspito en el que convivían.

El demonio de pelo carmesí tenía su propio hogar, pero pasaba tantas horas en la mansión del tuerto, que éste le había habilitado una de las habitaciones como aposento propio, donde tenía ropa de recambio, una buena cama en la que dormir (y hacer otras cosas más divertidas), baño privado, unas buenas vistas de la ciudad, e incluso sus propios sirvientes. Ayperos no podía quejarse del trato preferencial que le daba, por encima de cualquier otro subordinado de ese bastardo con aspiraciones de monarca. Cuando entró en la estancia, oyó el agua correr, pronto tendrían su baño listo. Esperándole dentro estaban los dos mozos que solían atenderle en todos los menesteres que requiriese de ellos. Como eran muy buenos en su trabajo, el demonio decidió no matarlos por el momento. Le hacían la vida mucho más cómoda, y había muchos otros con los que desahogar su sed de sangre. Ellos parecían intuirlo, y siempre procuraban no cometer ningún fallo en sus labores. – Buenas noches, señor – le dijo uno de ellos - ¿Quiere escoger el traje para esta velada? – le preguntó el otro, acercándose al enorme armario que había a un lado de la cama. El demonio no les respondió, a pesar de ser dos de sus criados favoritos, le encantaba mantenerlos en tensión constante, adoraba oler el miedo rezumando de cada poro de su piel.

Ayperos se acercó al armario, lo abrió él mismo y miró por encima – Quiero este – dijo, señalando una hermosa yukata de tela muy fina. El fondo era de una tonalidad azul muy oscuro, y tenía por dibujo un magnífico cerezo, con cientos de pequeñas florecillas rosadas, dibujadas todas a mano por un gran artesano, cuyo tronco nacía en la parte inferior de la espalda, y cuyo ramaje se extendía por los omóplatos hacia delante, finalizando en su pecho. En seguida uno de los chicos dejó preparada dicha prenda de ropa sobre la cama, mientras el otro lo acompañó dentro del baño y le frotaba todo el cuerpo con jabón espumoso y de olor afrutado – Podría acostumbrarme a esto fácilmente – se dijo a sí mismo el demonio, mientras disfrutaba de su baño. Tan a gusto estaba que pasó un largo rato allí metido, habiéndose pasado la hora acordada cuando empezaron a vestirle.

Ayperos entró en la sala habilitada para el banquete, y se hizo un claro silencio. Todos los ojos estaban clavados en él, como hipnotizados, y no era para menos. El demonio estaba radiante y hermoso de una manera tenebrosa. La yukata que vestía era maravillosa de por sí, pero la llevaba casi como si fuera una bata de andar por casa, con el cinto atado algo holgado, y eso hacía que la prenda se abriese por la parte de arriba, dejando a la vista un fino y lampiño torso. Para esa ocasión el demonio no trenzó su melena, decidió dejarse el pelo carmesí suelto, todavía mojado por el baño, y lo que en otros hombres habría parecido un toque femenino, en él todavía le daba mayor hombría. Sus ojos pasearon por aquel recinto, sin perder detalle de nada, hasta que se encontró con la persona que andaba buscando – Buenas noches, mi Rey, disculpa mi tardanza, tus sirvientes tienen unas manos tan habilidosas que olvidé por completo qué hora era – le dijo, saludándole, y como siempre, diciéndole una media verdad, medio mentira. Sí que había disfrutado con las atenciones recibidas, pero lo de llegar tarde lo había hecho a propósito. Que Magheq se atribuyera todo el mérito por la victoria le llenaba de rabia, y como por el momento seguían trabajando juntos, no podía desahogarse de otra manera que realizando esas pequeñas jugarretas.

Viendo que el Rey tuerto volvía a meter el dedo en la llaga, tomando el primer trago brindando por él mismo ¡viva la egolatría!, Ayperos lo ignoró completamente y empezó a pasear en dirección a los mozos que aguardaban en un rincón, desnudos y maniatados. El demonio empezó a inspeccionarlos, como si se tratara de un rebaño de bueyes. Les miraba a unos la dentadura, a otros les sopesaba los cojones, y a otros les pellizcaba el culo o un pezón – El mercado de esclavos debe estar realmente mal, para que un Rey tenga que conformarse con semejante basura – dijo, escupiendo sus palabras, como dardos dirigidos directamente a su anfitrión. Realmente no es que esos chicos fueran basura, solo lo decía para molestarle, pero que llevaran las manos atadas decía mucho del anfitrión. O no tenía suficiente poder para doblegarlos, o no se había molestado en hacerlo. Aunque por otro lado, violar a un púber que grita como una nena era toda una delicia. ¿Habría escogido Magheq a esos ejemplares a propósito, para aumentar la diversión de aquella noche con violaciones a niños en vez de monótonos servicios de prostitutos? ¿O acaso era una señal de su debilidad y poca capacidad de mando? Incluso estando de juerga todo contaba para Ayperos. Su fidelidad hacia ese hombre se sostenía sobre un hilo tan tan tan fino, que cualquier pequeño detalle podía romperlo y hacer que deseara su muerte.

El diablo pasó de largo de los chicos y fue a servirse él mismo un buen baso de sake, de la misma botella que Magheq estaba bebiendo – Los putos del Hostal al que te llevé eran mucho más hermosos, tenían mayor predisposición a órdenes y desde luego estaban mejor alimentados que estos – Ayperos terminó de servirse el sake y bebió todo el contenido de su vaso de un solo trago. Sin soltar la botella ni la copa, le dijo al contrario – Espero que al menos la comida, sea decente. Digna de quien derramó la sangre de los enemigos, llevando de nuevo la paz a este imperio – evidentemente no se refería al Rey tuerto, sino a sí mismo, la mano ejecutora de dicho acto en cuestión. Por tantas veces que Magheq se atribuyese todo el mérito por los logros conseguidos por Ayperos, éste replicaría, recordándole al monarca tuerto que no había sido su espada, sino la de él (bueno, su sombrilla en este caso) quien había conseguido vencer a sus enemigos. – Por cierto, hablando de enemigos, ¿Qué se sabe de nuestro camarada? – al tiempo que le preguntaba, Ayperos señaló levemente con sus ojos hacia la cuenca vacía del de pelo negro. Si el Rey quería jugar a joder al adversario, él sabría llevar la conversación hacia territorios que el monarca bastardo no querría pisar ni en sus peores pesadillas. Nunca en esos meses que estuvo trabajando para él, Magheq hizo mención del V, así que el demonio suponía que era una espinita bastante grande que ese muchacho tenía clavada en su corazón. Frio y oscuro, pero corazón humano al fin y al cabo, algo de lo que el demonio no poseía ni poseería nunca, por su misma naturaleza. Y eso le hacía poder jugar con cierta ventaja por encima del moreno altivo que tan creída se tenía su victoria sobre él.
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Re: Una arriesgada confesión [priv Magheq]

Mensaje por "Magheq" IV. Kahlfuss el Mar Nov 26, 2013 8:57 pm

No perdió detalle de la inspección que su estimado hizo para con aquellos de edades quizás demasiado diferentes a las pretendiditas por quién ordeno la bacanal organizada, empero el rey pareció saber que aquello no sería del total agrado de quién, por primera vez, veía con el pelo suelto. El aura salvaje que desprendía era ahora superior y aquello, de manera innegable atraía al que curioseó toda ejecución por aquel cuyo gesto variaba entre la diversión y el desagrado. –Los jóvenes sin experiencia son más baratos, Kasa.- no era la primera vez que soltaba aquel pseudónimo paladeándolo con la misma sorna que el otro utilizaba para nombrar la posición que gastaba en aquella inestable jerarquía de poder. Ambos eran conocedores de la lengua nipona por lo que nunca hizo falta explicarle el motivo de tan acariñoso mote. Alcohol se deslizó sin peros por su garganta y al vaciarse la copa el dueño de la pulcra bajilla se giró en totalidad hacia el cuerpo adyacente, aunque se valió aún de la distancia impresa entre ambos. –No pienso gastar más de lo necesario para que termines follándotelos muertos.- negó vagamente con la cabeza y lo oscuro de su cabello se sacudió al compás. Los que tenía ahí atados parecieron temblar, no era para menos, muy posiblemente al alzarse el astro mayor ninguno restaría con vida...: O de tenerla, muy posiblemente su cuerpo yacería con algún miembro menos. Habían caído en manos de dos enfermos, de dos hombres aburridos del sexo convencional, de dos entes capaces de despedazar a la víctima encamada si esta no le aportaba la suficiente diversión. Rey en escena volvió a tomar la palabra entonces, frunciendo esta vez el gesto. Como el can que enseña los dientes. –Eres quién se mancha las manos para servirme, no lo olvides.- de nuevo estaban con aquellas tan típicas peleas lingüísticas, procurando buscar siempre el punto inflexible del otro para doblegarlo.

No negaría que su antagonista era todo lo que ése reino precisaba: Le aportaba la valentía que la mayoría de sicarios desconocía. Tenía una fuerza cien veces mayor a la de cualquier mísero e insignificante numan. Era capaz de aguantarle la mirada e incluso de desafiar su palabra. Pero a su vez tenía un trasfondo oscuro que le invitaba a desconfiar y guardar las distancias. No le temía pero tampoco se dejaría a sus manos en caso de que su vida peligrase de manera directa pues entendía que éste se rebelaría en caso de ver que su poderío cojeaba. Verse pues altivo y seguro de toda ejecución era posiblemente lo que aún lograba retenerle a su lado. Tenía en mano nueva copa de suculenta bebida ardiente cuando el foráneo le dedicó mirada directa supo entonces que todo alardeo y mofa dedicada se vería justamente contrapuesta por el que hasta ahora mantuvo compostura tranquila. Se esperó cualquier tipo de tropelía, de desacato, de desenfreno. Pero por lo sorprendido de ése gesto evidenció que no esperó que el tema se torciera tan descaradamente hacia el único sendero que seguía doliéndole: Gintoki. Ése imbécil de pelambrera carmesí sabía dónde golpear y aquella vez, lo hizo con fuerza.

Una tercera copa y las mejillas del apoderado eran ya de una ligera entonación carmesí, quizá producto de la rabia que procuraba ahora contener, tal vez fruto de lo que por sus venas ahora corría. Una vez engullido el líquido que de manera copiosa también se abrió espacio entre la comisura del gobernante, bajó el brazo con tal brusquedad que la copa, al impactar tan rudamente con la bien preparada mesa estalló en fragmentos que dañaron de manera superficial la mano de IV, quién miraba con evidente furia a su compañero. –Sé que le mataré.- muerto, enterrado. Muerto cómo ése que una vez latió en sus entrañas, muerto como el hijo al que jamás conoció. Movió entonces los dígitos para intentar desprenderse de los cristales adheridos a la piel pero varios restaban hundidos a tal nível que la sangre del alquimista no tardó en hacerse hueco por lo frágil de aquellos dedos humanos. Unos que temblaban movidos por la marea de sensaciones que el pensar en ése de cabellera albina le traía. Pero a pesar de las abiertas heridas y sin importarle el arrancarse o no aquello de la palma antes de que le perforase de manera más intensa su mano sujetó nuevo vaso y llenó copa con otro licor, éste de color tan rojo como la sangre derramada.

-Sí. Muerto.- murmuró, casi como si buscase hablar consigo mismo más que para con aquel que restaba a su lado. La mezcla de distintos de aquellos brebajes preparados especialmente para tal ocasión logró que el calor corporal aumentase, que su sangre se encharcase y fluctuase de manera más rápida por las venas del magistral, ése que ahora se sentía estúpidamente mareado por la ingesta de lo que él mismo se procuró en copas. Un paso. Dos. Un tambaleo. Y... Su cuerpo se dio contra ése que tenía las ropas abiertas mostrando un torso níveo pero masculino, ahí fue donde su cara anidó sin desearlo y aunque un profundo gesto de desagrado manó del rostro enrojecido por el evidente enfado no pareció poder moverse. Por primera vez pudo sentir el roce de esa piel de un modo más íntimo y la supo tan cálida cómo la de un humano, por más que Ayperos pareciera no tener corazón bajo esa fachada inflexible ahí debía bombear uno, uno que traía calidez a un cuerpo que era recubierto en emociones tan heladas como el temperamento que mostraba. Cerró los párpados y la habitación junto al cuerpo que le hacía de muro pareció dar vueltas. Suficiente. Las manos heridas del monarca agarraron ése kimono, uno que también parecía burlarse de él... Cerezos. ¿No podía haber escogido otro maldito estampado? Seguramente ahora la delicada tela restaría para adornar el cubo de la basura debido a las manchas de sangre, empero aquello no era de importancia para ése que se debatía con el mareo.

Había cortado distancias con el otro para propinarle algún golpe que le silenciera pero el único afectado con el movimiento no fue otro que él mismo, ente que se colgaba de las delicadas prendas abiertas de ése perfecto kimono, desnudando más al que yacía frente a sí, ahora no únicamente portaba al aire parte de sus esculpidos pectorales. Ayperos carecía de ropa en hombros y la parte media de sus brazos, por descontado, la tela se hizo espacio también en su espalda, descubriendo gran parte del dragón ahí escondido. –...Muerto como él.- él. Ése que ahora contaría con pocos años de vida de haber podido salvarse de la pérdida de sangre sufrida tras el ataque que le arrebató un ojo. Triste sinfonía en forma de carcajada estremeció a cinco de aquellos seis que contemplaban la escena sin entender absolutamente nada.

Se movió con nueva brusquedad, como si todo estuviera bajo control a pesar del claro tambaleó al que su cuerpo se vio evocado cuando empujó al de suelta cabellera, lo carmesí del vítae ahora hacia escena en el suelo goteando cómo un grifo mal cerrado. El frío que sintió al dejar de ser rodeado por el candor del otro cuerpo le provocó otro temblor al claro borracho que protagonizaba curiosa escena. Sin duda, Ayperos estaba en terreno tan peligroso como doliente. Le dedicó otra de aquellas iracundas miradas e intentó defender ése perdido orgullo por la muestra de pasados sentimientos con un golpe que jamás llegó a darse pues al alzar la mano en busca de poder impactar el puño contra ése de demoníaca procedencia un nuevo mareo le llevó a tener que agarrarse a la mesa próxima... más por poco no volvió a caer nuevamente en brazos de su antagonista.





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Re: Una arriesgada confesión [priv Magheq]

Mensaje por Ayperos el Miér Nov 27, 2013 11:55 am

Durante la reyerta ejecutada a base de diálogos, el joven de pelo azabache no dejó de llevarse, una tras otra, copas a sus finos labios. Cuando el demonio sacó el tema de su antiguo camarada alquimista, quien le había arrebatado el ojo, Magheq llevaba encima un poco más del alcohol que podía soportar. Eso podía notarlo en la vaguedad de su brillante mirada, sus mejillas llenas de rubor, y el leve balbuceo al hablar. El Rey estaba bajando la guardia, y por su reacción, Ayperos constató que había dado en el clavo mencionando a Gintoki. Magheq rompió su copa y profirió una amenaza de muerte hacia el de pelo albino. – Si no soy yo quien lo mata primero – le respondió, por lo bajo. Mientras el Rey tuerto estaba distraído quitándose los restos del vaso que tenía clavados en su mano, el demonio de pelo carmesí solo lo observó, sin ayudarle ni preocuparse lo más mínimo por su persona. Por algún extraño motivo, la visión de ese líquido color rojizo, provocó que su mente empezara a volar muy lejos de allí. A otro tiempo y otro lugar, tan lejanos que casi le parecía que más que recuerdos suyos eran vivencias de algún tercero.

La sangre que manaba de la mano de Magheq había impregnado las pupilas del demonio, que ahora veía ante sus ojos a otro hombre de pelo moreno. Era Hideyoshi, y él mismo le estaba atravesando el corazón con su propia sombrilla, la que a día de hoy era su elemento de batalla indispensable. Ayperos no sentía pena ni remordimiento por lo que había hecho, no lo sintió en su día y no iba a poderlo sentir jamás, dada su naturaleza demoníaca. Pero de alguna manera, en aquel entoces, Hideyoshi, su pequeño protegido, había crecido hasta convertirse en un hombre tan temible como él. Su alma corrompida y oscura le atrajo de manera irremediable. Su sadismo y su egolatría puros habían hecho el resto. Ayperos no consideraba que se hubiese enamorado de él. El amor era un sentimiento humillante y debilitador que un ser superior como era él no podía permitirse sentir. Pero de alguna manera, Hideyoshi lo capturó en sus redes, y lo mantuvo como su sumiso y secreto amante, hasta que el de pelo rosado recibió la orden de matarle, y así lo hizo. Ayperos alzó la mirada y se concentró en el rostro ebrio del Rey tuerto. Por algún extraño motivo ese sujeto le recordaba a Hideyoshi. Y no era solo por la leve semejanza física, ambos de pelo negro, piel nívea, fuertes músculos y mirada fría como el hielo. Además de eso, Magheq tenía una fortísima personalidad, muchas agallas, una gran valentía, era diestro en la  lucha, y como colofón final, se creía con derecho a gobernar sobre su vida, a nombrarse su Dueño y Señor. Su Rey.

En ese momento el IV empezó a caminar hacia él. Ayperos no movió ni un músculo. No sabía qué pretendía el de pelo azabache, pero se sabía en mejores condiciones físicas que él en ese momento, por lo que hubiera podido detener su ataque, si es que este se daba, por haberle importunado con el amargo recuerdo de aquel amigo que le arrebató algo más que un ojo. Claro que podría haberle atacado él, destronar al Rey tuerto en ese momento habría sido un juego de niños ¿Pero qué honor habría en matar a Magheq mareado y debilitado por el alcohol? No. El día que peleara con él lo haría en igualdad de condiciones, solo así podría resarcir su ego herido en aquella batalla perdida. Pero no fue un ataque lo recibió el demonio, sino un Rey tuerto y ebrio, caído sobre su torso desnudo. El cálido aliento de Magheq acariciaba la lampiña piel del demonio, que no alzó sus manos para sujetarle. El moreno, con su atolondrado comportamiento, estaba despertando unas profundas ansias dentro de Ayperos, y no eran precisamente de terminar con su vida, sino algo muy diferente. Era verdad que el IV le recordaba muchísimo a Hideyoshi, pero le faltaba un punto de maldad, de fuerza de voluntad. Ahora que el demonio había descubierto cual era el talón de Aquiles de Magheq, cual era su punto más débil (el V), ardía en deseos de violarle salvajemente. Quería follarle de manera bruta. Arrancar terribles gemidos de placer y agonía de esa boquita perfecta. Anhelaba ejecutar con ese Rey tuerto la fantasía que jamás pudo realizar con Hideyoshi. Ser él quien le penetrara y descargara en su interior su espesa y ardiente corrida.

“Muerto como él” esa última confesión extrañó al demonio. Que él supiera no había muerto nadie. Ni el V ni su líder el I. ¿A quién se refería Magheq con aquella escueta frase? Tenía que tener algo que ver con Gintoki, eso seguro, pues había proferido amenazas de muerte contra él justo antes de soltar esta bomba. El de pelo azabache, tras haber puesto cachondo al demonio sin ni si quiera saberlo, y habiéndole dado una pista de por dónde debía seguir hurgando para encontrar un secreto escondido, se apartó de él, dejándole medio desnudo de cintura para arriba, y dándole un empujón intentó aguantarse en pie y golpearle, aunque la ebriedad pudo con él, y sin necesidad de que el demonio esquivase un golpe que no había llegado a su destino, casi se cae de nuevo.

Aunque Ayperos no pensaba aprovechar su superioridad física para matarle, nada impedía que la utilizara para sonsacarle información, y si además de eso conseguía catar su estrecho y a todas luces prieto culo, pues muchísimo mejor. Así que el demonio no perdió la oportunidad, se situó raudo tras el Monarca, y lo abrazó por la espalda, pegando su abrasador cuerpo contra el de él. Con una mano lo sujetaba por la cintura para que no escapara, asiéndole bien fuerte. La otra mano la subió hasta su cuello y obligó al Rey tuerto a que alzara su rostro. Ahora Ayperos tenía el oído del IV justo frente a su boca. Solo tuvo que pegar sus labios a él, antes de empezar a hablarle entre susurros, con voz ronca y profunda – Ten cuidado, mi Rey. Una caída con tus facultades mermadas por el alcohol podría ser peligrosa. – el demonio solo estaba jugando con él, ya había decidido no matarle, solo violarle, seguramente torturarle y conseguir sacarle algo de información durante el proceso. Afianzó con mayor robustez el abrazo con el que lo mantenía pegado a su persona. Sabía que el Rey se enfadaría, pero no podría escapar de él. Entonces continuó hablándole, mientras comenzaba a bajar la mano que lo aprisionaba por la cintura más abajo, en dirección a su abultada entrepierna. Cuando llegó a su destino, empezó a masajearle el paquete, al tiempo que le restregaba en sus Soberanas nalgas su propio rabo, que estaba duro como una piedra, y que solo permanecía cubierto por una finísima capa de tela – Si tanto deseabas que te follara, solo tenías que haber venido a mi cuarto cualquier noche, y haberte metido desnudo entre mis sábanas. No hacía falta que su Majestad organizara todo este montaje solo para provocarme. – Ayperos lamió con la punta de su lengua todo el contorno del oído ajeno, y dejó un mordisco de regalo – Estaba deseando destrozar tu regio culo desde que te proclamaste Rey. – apretó con saña la mano que sostenía sus testículos y su rabo – Hoy vas a ser mío, Magheq –

Tras esas últimas palabras, Ayperos clavó sus uñas en el cuello ajeno y empezó a bajar la mano muy despacio por esa zona, luego por el pecho del moreno y llegó hasta su estómago, dejándole sus garras marcadas, con sendas líneas paralelas, sangrantes, que le cruzaban el cuerpo. Aquello no era más que un preliminar de lo que estaba por venir. Iba a ser una noche larga y lujuriosa. Pero para que el plan del demonio funcionara, el Rey tenía que perder por completo la cabeza, estar ebrio de verdad, para dejarse llevar por él al terreno que deseaba. Para que abriese sus piernas y su boca sin demasiada protesta, así al día siguiente no podría recriminarle nada al demonio. Iba a ser una violación escondida bajo los efectos de una enorme borrachera. Y si algo tiene el alcohol, es que suelta las lenguas por muy agarradas y poco colaboradoras que estén. Por ese motivo Ayperos soltó momentáneamente el paquete del Rey tuerto, solo para poder agarrar la botella de sake que más cercana le quedaba. La alzó y la puso boca abajo entre los labios del monarca. – Bebe mi Rey, bebe y ríndete al que a partir de hoy será dueño de tu cuerpo y de tu alma -


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Re: Una arriesgada confesión [priv Magheq]

Mensaje por "Magheq" IV. Kahlfuss el Miér Nov 27, 2013 5:28 pm

Muy posiblemente el rey de aquellas tan inhóspitas tierras hubiera dejado a un lado la ingesta de aquello que a su paladar ya sabía a puro desinfectante si hubiera sido capaz de percibir lo que se le venía encima. Y es que no fue consciente del sentir foráneo hasta que no se vio capturado por unos brazos que a pesar de ser finos y elegantes resguardaban la fuerza de todo uno de aquellos de la mano de UT. La roja turbación de sus mejillas protagonizada por el alcohol en vena se acentuó y convirtió en evidente sofoco al verse encarcelado en lo que creyó que era un abrazo de contención para que no se diera de morros contra el suelo, no obstante y a pesar de que su mente no conectaba correctamente las ideas, fue lo suficientemente astuto como para advertir de que muy posiblemente Ayperos no cuidaría de él como para estar ahí en su reta guardia. No. A pesar de tener una relación cordial y poco ortodoxa a ojos de quién procurase comprenderles no eran de los que se respaldaba el uno al otro, si uno caía, muy posiblemente el otro estallaría en alborozo y alzaría la copa mientras veía como su antagonista procuraba levantarse sin, obviamente, procurar amparo al caído. De cualquier forma la posibilidad que uno de ambos solicitase la mano del otro era remota, podría pronosticarse incluso imposible. La soberbia de aquellos guerreros hacia que toda práctica de índole amistosa resultase irrealizable entre ambos, más no negaría apego hacia él, uno retorcido, uno callado. Uno secreto. Se sentía tan atraído como repelido por aquella demoniaca forma de vida.

La oscilación de las caderas adyacentes en sus posaderas le evidenció lo erecto del pene contrario lo que arrancó expresión de puro desconcierto al ebrio que estaba en los brazos del contrario. ¿En qué mierda estaba pensando el otro? Oh. La respuesta le vino cuando a mano desnuda ése de cabellera carmesí la agarró con descarado afán la entrepierna, arrancándole una exhalación profunda. Los términos posteriores que le acariciaron el oído extrajeron un profundo gruñido por parte del monarca logrando incluso distinguida vibración en ése cuello preso por una de las manos del captor. –Kasa, suéltame.- fue escueto en palabras pues el aturdimiento era cada vez mayor y dudaba poder ser capaz de pronunciar más de dos vocablos sin emitir ahogo. Contener sus bajos instintos en el caso de que estos despertasen por las acometidas de su compañero en tan peculiar jolgorio sería también complicado. Maldita fuera. ¿En qué momento decidió perder el norte en compañía de ése que traía la etiqueta de enemigo en la frente? El apoderado arqueó la espalda en un ángulo casi irreal, su nuca buscó sustento contra el cuerpo del que estaba afligiéndole y el dolor del arañazo se agenció con otra respiración dificultosa causada por el atropello de adversas sensaciones: Dolor. Placer. Su cuerpo se debatía entre aquellas dos anulando ése poco juicio que restaba en la consciencia del que se había procurado altanero hasta ése momento. –Creo que confundes las posiciones, Ayperos.- habló acelerado. El pecho que mostraba sendas marcas de la herida reciente subía y bajaba por una respiración que a duras penas podía ser controlada por quién se debía a ella. Se creía con derecho a ser el perforador más no el perforado en aquel encuentro, a fin de cuentas él era quién se imponía siempre al contrario.

Cada vez entendía menos y se mareaba más. Aquello no tenía ni pies ni cabeza, lo que debía ser fiesta privada estaba convirtiéndose en lo que se tornaría tórrido para los que siempre se procuraron distancia para no destrozarse el uno al otro y mostrarse respeto desde una callada cordialidad de camaradas lejanos. Empero no tuvo oportunidad a cavilar en demasía lo acontecido pues cómo un sediento en medio del desierto, igual que aquel que moría de sed, su boca se abrió al mandato del demonio para empaparse del tan ansiado líquido; el alcohol le acariciaba las venas con ternura, al paso, sin galopadas ni embudos, se deslizaba agraciado por la gola del tan altivo gobernante callando la sed del gaznate. No era capaz de deglutir la cantidad vertida en boca ya predispuesta a recibir el licor por lo que el mismo se escurrió de manera indecorosa por dónde las marcas de las garras del diablo yacían abiertas, enviándole sendas corrientes de quemazón ahí dónde líquido rozaba como el aguacero de la primavera. Tensó la quijada y dio por finiquitada la ingesta, levantando de manera deplorable y trémula la mano izquierda para de esa manera golpear la muñeca de aquel que estaba ofreciéndole los cuidados adientes para que el Señor de Exules no pereciera a causa de la sed, el golpe llevó a aquella que le servía con buen agrado a bañar el suelo y no la boca del alquimista, a quién le debió parecer gracioso tener los descalzos pies ahora húmedos pues soltó una risa que encogió a los testigos en escena. –Kasa, Kasa, Kasa...- tenía su único ojo sano a medio cerrar, incapaz de mantener el párpado del mismo abierto en su totalidad. Reclinó la cabeza, paseando lo oscuro de su pelambrera por el torso que le acogía la nuca y la misma se dio lugar en el hombro de ése compañero suyo, mirándole con socarrón gesto. Tenía las mejillas ya perdidas en carmín y su mirada brillaba con tesón. –Vamos a jugar.-

Había perdido completamente la cordura, o quizás es que nunca la poseyó, no obstante el alcohol le tenía adormecida la voz de la conciencia y ahora, estacado por una pregunta que aún hacia hendidura en su alma se atrevió a lamer el mentón de aquel que le debía sumisión centrándose en lo que le pareció laborosa tarea. Aliento empañado en fuerte aroma golpeó el cuello de aquel que tenía en mente copular como animales en celo. –Pero no a tú manera.- las palabras se atropellaban, no vocalizaba de manera correcta tan siquiera, su respiración era cada vez más pesada pero el deseo de seguir con lo iniciado por el de cabellera ahora suelta era terriblemente tentador.

Desplazó su cuerpo como pudo hacia un lateral y con toda la fuerza que dieron lo trémulo de sus brazos impulsó al insolente lejos de su campo de espacio personal, viéndole desde privilegiada –y corta- posición. Ése pelo... Condenado fuera, se veía realmente radiante con el mismo cayéndole en cascada sobre una figura que aún y siendo escuálida presentaba una fuerza digna de aplauso. Quién ahora portaba marcas en todo su pecho sonrió con la burla acentuada por lo que en sus venas recorría y se agarró a sí mismo lo que despertaba bajo la fina capa de ropa comprendida por el kimono. –¿Estás seguro, Kasa?.- todo apuntaba a que, bebido, el de comportamiento siempre sagaz podía desempeñar incluso palabras de índole divertida, si más no, su voz estaba empañada en diversión. –¿Estás seguro de ser tú el dueño?.- no le importó –aparentemente- saberse en desventaja, el honor del que presumía siempre su aliado le vería imposibilitado de acabar con la vida de ése que hacia mofa de las palabras ajenas. Negó con la cabeza y se apretó a sí mismo la erección ya notable, mirándole directo a los ojos con el suyo muy ligeramente eclipsado por el párpado. –Yo soy tú dueño y tú mi perro.-

Las palabras del moreno no fueron más que un susurro pero es que conforme iba expulsándolo con sonidos su cuerpo volvió a quedar prácticamente sobre el del demonio hablándole sobre el hueso jactable bajo la dermis de éste de su clavícula dejando que ése hálito hediondo y cálido a causa del alcohol rozase sin ningún tipo de barrera y de manera por demás directa la piel de su siempre antagonista. Pero no todo fueron palabras. Las manos del numan fueron a parar dónde un trozo de tela sujetaba de manera correcta las vestimentas ajenas: Un severo tirón, una sacudida y aquella hizo alfombra en el suelo, lo que provocó las risas del aún vestido. –Así que pórtate bien o deberé ponerte la correa, Kasa.-





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Re: Una arriesgada confesión [priv Magheq]

Mensaje por Ayperos el Jue Nov 28, 2013 2:38 pm

El ebrio Rey tuerto no prestó demasiada pelea mientras Ayperos lo mantenía abrazado, sujeto contra su pecho. Pudo oírle jadear ese curioso apodo entre susurros. Nadie antes le había puesto un sobrenombre al poderoso y temible demonio, y de haberse dado el caso, el de pelo carmesí habría esperado que fuese algo que recordara su fortaleza, sadismo o capacidad mortal de lucha. Pero no fue así. Magheq se dirigía a él como Kasa, y cada vez que esas cuatro palabras salían de los labios del Rey, sentía un escalofrío recorriéndole el cuerpo entero, como si el de pelo azabache acariciara cada centímetro de su piel con su lengua mientras pronunciaba ese apodo que se le antojaba incluso cariñoso, si no fuera porque sabía que era imposible que el Monarca guardara ningún tipo de sentimiento como aquel que era el cariño por su persona. Solo cuando Ayperos arañó con saña el fino torso de su contrario, éste se debatió para intentar zafarse de su férreo agarre, mientras profería una queja sobre la confusión de posiciones – No, mi Rey, eres tú quien no tiene confundidas las ideas. – le respondió.

Magheq tuvo a bien de golpear la mano que le estaba obligando a beber el contenido de aquella botella, pues el demonio habría dejado que se vaciara entera dentro del estómago de su enemigo, para tenerlo embriagado por los efectos del alcohol cuanto antes mejor. Realmente Ayperos tenía muchas y grandes cualidades, pero la paciencia no era precisamente una de ellas. El Rey tuerto se entregiró entre los brazos del demonio de pelo carmesí, para poderle mirar a los ojos mientras profería esa escueta frase, cargada de una amenaza latente – Sí, juguemos. – fue lo que el de pelo rosado le respondió, sin apartar sus penetrantes orbes azules de la pupila del contrario. Magheq no luchó por alejarse de él, todo lo contrario, parecía que sus caricias habían surtido efecto en él, y empezó a lamerle con lascivia la barbilla. El demonio notó de manera muy obvia como de su glande empezaba a manar un poco de líquido pre-seminal, una leve demostración de lo excitado que estaba – Magheq, ve con mucho cuidado. Quien juega con fuego termina quemándose. – le amenazó el demonio, con el semblante muy serio. Hasta ese momento Ayperos solo había estado entreteniéndose con el monarca, poniéndole cachondo y evaluando sus reacciones. Pero si decidía abusar de su regia persona, ni todos los subordinados que el IV tuviera a su cargo en ese momento podrían hacer nada por salvarlo. Si de verdad determinaba cometer la violación Magheq estaba perdido.

“Pero no a tu manera” añadió el pelinegro después, empujándolo lejos de él. Ayperos le dejó hacer más por curiosidad que por otra cosa. Realmente deseaba saber qué sería lo que el Rey tuerto haría a continuación. Cómo intentaría recobrar la capacidad de mando perdida por la ingesta de alcohol. En cuanto Magheq llevó su mano a su propia entrepierna, que ya se dilucidaba hinchada y dura como la suya propia, los ojos del demonio bajaron del rostro del contrario a ese punto concreto de su anatomía – ¿Si estoy seguro de qué, mi Rey? – le respondió a su pregunta con otra igual, mostrando ahora un gesto muy divertido en su demoníaco rostro. El contrario añadió si de verdad se creía su dueño, pues en realidad era su perro. – Puede que sea tu cachorro amaestrado en la guerra, mi Rey, pero eso no quita que me convierta en un semental de pura sangre en tu cama. – fue la respuesta de Ayperos, quien quiso dejarle bien claro a ese alquimista prepotente y altivo, que si bien le había ganado en una colosal pelea y ahora trabajaba para él, aquello no implicaba que tuviera que abrirse de piernas para su Majestad cuando a él le apeteciera. Los términos de su contrato podían permanecer inmutables, siendo el Rey quien mordiera la almohada y el demonio quien lo sodomizara salvajemente, cosa que estaba realmente cercana a ocurrir en ese momento, bajo el punto de vista del demonio.

La gran cantidad de sake consumida por el IV hizo efecto, y éste se vio de nuevo apoyado sobre el pecho de su contrario. El diablo soltó una carcajada – Jajajaja ¡Si a penas te puedes sostener en pie! ¿De verdad pretendes subyugarme en este estado? Tienes un sentido del humor muy peculiar, Magheq – respondió Ayperos muy entretenido con las reacciones de su contrario. Fue entonces cuando el de pelo negro tiró de su cinto, dejando al demonio completamente desnudo, sin una sola prenda de ropa encima. Al pelirrosa no le molestó en absoluto estar en esa situación, expuesto a las miradas lascivas de los sirvientes o a la curiosidad creciente de los muchachos, que permanecían con las manos atadas a la espalda en un rincón de la sala. Sabía que su cuerpo era digno de admiración, y se jactaba de ello. Al siguiente comentario del Monarca, sobre ponerle la correa, Ayperos replicó, al tiempo que le ponía dos dedos en la barbilla para acercar su rostro al de él – Juro por todas las almas que he corrompido a lo largo de mi eterna existencia, que me encantaría ver como lo intentas, mi Rey y luego acercó mucho más su cara al del contrario, casi juntando su boca con la de él, para añadir con voz demoníacamente tétrica – Pero podrías perder algo más importante que un ojo en ese proyecto, así que medítalo bien antes de dar el siguiente paso – ésa era una clara amenaza a su persona. Antes de que Magheq pudiera reaccionar o recriminarle nada, el demonio de pelo carmesí le cogió el labio inferior con sus dientes, pegó sus dos labios y lo succionó un leve periodo de tiempo. Justo antes de separarse, dejó marcados sus afilados colmillos en aquella zona de la anatomía del contrario.

Ayperos se relamía la sangre del Rey tuerto que había quedado dentro de su boca. Tenía un sabor delicioso. Acto seguido, lo abrazó y lo alzó por los aires, dando un par de pasos antes de volverle a dejar sobre el suelo, justo delante de una firme mesa. Puso el trasero del Rey apoyado sobre el canto de la misma, para que tuviera un punto de apoyo y no terminara desmoronándose sobre el suelo, poniendo fin a toda su diversión. El demonio pensó que quizás le había dado demasiado de beber al Rey tuerto, lo quería muy mareado y desinhibido, pero no completamente dormido, de esa manera le resultaría imposible sonsacarle nada de información, y resultaría de lo más aburrido follarle. – Dices que eres mi Amo – empezó a hablar el pelirrosa, mientras acariciaba con la punta de sus dedos la mejilla del contrario – Amenazas con atarme en corto la correa – los dedos del demonio bajaron por el cuello del Monarca, resiguiendo con sus yemas los arañazos que le había hecho por el torso hacía tan solo unos minutos – Estás absolutamente convencido que puedes doblegar mi alma y obligarme a obedecer todas tus órdenes – en este punto Ayperos se inclinó y se arrodilló en el suelo, sin perder la mirada socarrona y la sonrisa pícara que adornaban su rostro – Te encantaría que lo hiciera ¿Verdad, mi Rey tuerto? Te deleitarías como un chiquillo si lograses dominarme hasta tal punto que con una sola mirada tuya yo me sometiera a tu persona sin quejarme, cumpliendo de manera humilde con todos y cada uno de tus mandatos… - el demonio acercó su rostro a la entrepierna del Rey, sacó su lengua y la pasó de manera deliberadamente lenta por toda la extensión, desde el nacimiento del tronco, donde estaban sus mullidos cojones, pasando por todo el pedazo de carne, hasta llegar al glande, siempre por encima de la ropa que todavía llevaba puesta. Cuando terminó, se separó y alzó la cabeza, dirigiendo una mirada altiva a su presa – Lo siento por ti, Magheq, porque hoy no será ese día –

Por lo menos el Rey había experimentado algo que solo otro numan en toda la existencia de la humanidad había vivido, y era tener, aunque fuera por unos breves segundos, al mayor y más poderoso demonio de toda la legión infernal arrodillado entre sus piernas, casi dispuesto a darle una mamada. Pero las intenciones de Ayperos estaban muy lejos de eso. No pretendía ser él quien se la hiciera, solo lo estaba calentando, echando leña al fuego para que el moreno permaneciera alerta y excitado, y no terminara cayendo desmayado sobre la mesa en la que se apoyaba. Entonces el demonio se puso en pie y le dijo al Rey tuerto – Espera un momento, mi Rey, traeré alguien que pueda complacerte en tu necesidad – comentó en referencia al endurecido paquete, ahora húmedo por su saliva, que asomaba abultado por debajo de la ropa del contrario. Ayperos se dirigió a donde estaban los muchachos maniatados y cogió a uno de ellos al azar, sujetándolo por los antebrazos, lo lanzó por los aires, tirándolo directamente hacia los pies del alquimista ebrio – Empieza a chuparle la polla – le ordenó, como si él fuese el Rey de ese castillo, y Magheq un invitado al que deseaba complacer – Y si creo que no estás poniendo todas tus ganas, te mataré ¿Te ha quedado claro? – el demonio profirió esa amenaza de manera muy seria, apuntando con su dedo hacia el muchacho que, tembloroso en el suelo, casi no se atrevía ni a respirar, por miedo a que eso fuese la causa de su defunción. - ¡Vamos! ¡Empieza, que no tengo todo el día! – le gritó el de pelo carmesí, al tiempo que le plantaba una fuerte patada en su lindo trasero. La intencion de Ayperos era mantener distraído al Rey con esa mamada, mientras él empezaba a interrogarle sobre aquella frase que había soltado antes, casi sin darse cuenta. Y si además terminaba la juerga rompiendo en dos su lindo culo tan apetecible, podría considerar aquella noche como la más fructífera desde que llegó a aquel lugar.


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Re: Una arriesgada confesión [priv Magheq]

Mensaje por "Magheq" IV. Kahlfuss el Dom Dic 01, 2013 3:30 pm

Un semental en la cama, eh... Ése comentario por parte del demonio logró que aquel que a duras penas podía mantenerse en pie de manera adiente sonriera con soltura, con descaro, burlándose en secreto de la posición que se adquiría ése de rojiza cabellera y es que a pesar de su evidente estado desventajoso se creía con la capacidad necesaria para subyugar al que siempre solía darse aires de una grandeza que, obviamente, se creía único poseedor. Él era Rey, Señor y Dueño de todo lo que aquellas tierras amparaban y eso implicaba a las personas que cómo Ayperos moraba en su hogar. Gustase o no, ése demonio era el invitado y él generoso anfitrión que cada vez tenía más claro que aquella noche poseería el cuerpo que desde el primer cruce de espadas ansió de manera corruptiva y secreta: Tenía un estatus que mantener si deseaba mantener la cabeza de los rufianes agachada, por ende solía dejar las bajas pasiones para los que nacían pre-destinados a dicha enmienda.

La idea de sujetar a su salvaje compañero con una correa cada vez se le hacía más certera debido al descaro presentado en todo momento por el contrario. Oh, sí. Tenerlo amarrado y en espera de órdenes para él, sin lugar a dudas la imagen se presentaba suculenta. Tras la maniobra de ligero empuje que el otro le dedicó a su barbilla su boca quedó a disposición de esa otra que le habló de tal modo que escalofrío certero le irguió todo vello del cuerpo. –Deberías...- intentó centrarse en no hablar sin que lo pastoso de su lengua provocado por la ingesta de aquel fuerte líquido fuera impedimento para pronunciarse de manera correcta. –...deberías aprender a no amenazar la mano que te da de comer, Kasa.- empero antes de poder añadir nada más a su respuesta unos labios ávidos de contacto se postularon sobre los que le pertenecían, nublándole las ideas. El contacto fue ordinario, burdo, rudo, incluso tatuado en la voluminosidad de su labio inferior restó la marca de la pasión disgregada por su acompañante pero aquello únicamente consiguió desear más del roto contacto proporcionado, oh, quién diría que él ambicionase al que juraba aborrecer. Trato de ambos fue siempre estrictamente profesional restando algún que otro encuentro que podía etiquetarse de amistoso si en cuenta se tenía quienes eran los que compartían palabras sin llegar a armar una cruzada que acabase con vidas de los habitantes del imperio.

Duró poco embelesado, su cuerpo fue movido sin dar permiso a ello sintiéndose un pelele a manos del apuesto titiritero, baja espalda impactó con el pico de la mesa y supo entonces que éste únicamente le había buscado un punto de apoyo, algo que le causó cierta diversión en un muy bajo trasfondo le pareció palpar la preocupación ajena por mantenerle erguido, algo loable si se sabía de quién se trataba. Las caricias de esos fríos dedos dándose por su dermis causaron nuevos y callados sentires en el gobernante, quién no apartaba único ojo de valía en aquel semblante que parecía deshacerse en regocijo en aquel juego de poder. Verle arrodillado evidentemente activó bajos instintos del monarca quién empujó hacia el contrario la cadera en busca de más contacto con esa boca repleta de veneno, no obstante se sintió estafado. El roce fue tan efímero y poco directo –debido al ropaje- que no le permitió degustar como hubiera deseado el contoneo de esa sinhueso a lo largo de lo que yacía completamente erguido por culpa de las condenadas acciones que estaba realizando al que juraba cobrarle todo lo que estaba haciendo cuando la cordura se antepusiera al mareo en la que el alcohol le tenía preso. Brazos trémulos, aquellos que estaban a los lados de su fisonomía y contra la mesa para darle el apoyo oportuno, mirada bañada en expectación y labios apretados para asegurar que ningún sonido manaba de ellos intentó mostrarse tan altanero como solía, aunque el movimiento de su pecho en cada turbulenta respiración sumado al carmín de sus mejillas delató el gusto de haberle tenido, aunque por breve lapso de tiempo, entre sus piernas. Pronto, en otra ocasión dónde su mente yaciera íntegra y sin droga de por medio le sometería, era algo que se anotó mentalmente.

-Así me gusta, que te ocupes de mantener contento a tú Rey- pudo apreciarse el esparcimiento que aquellas palabras produjeron en su persona al ver como el foráneo se preocupaba de procurarle uno de aquellos seis aglomerados para que éste se encargase de lo que el otro provocó. El prostituto parecía verdaderamente atemorizado y compungido ahí arrodillado, sometido a ordenes claras y directas por parte de quién parecía gastárselas de anfitrión a pesar de ser el invitado. La pequeña mano de ése lanzado a sus pies le despojó de la ropa que le cubría el rabo y antes de ganarse otra patada se apresuró a abarcar la sexualidad ya erguida y húmeda del Rey con la boca cobijándola de un solo movimiento y arrancando jadeo de aquel a quién el alcohol tenía dominado. No obstante y a pesar que el puto parecía totalmente volcado en su labor y estaba haciéndole magistral mamada aquello no le supo ni mínimamente satisfactorio, no si lo comparaba en la adrenalina y el bombeo que su cuerpo produjo cuando a quién tenía en esa posición era al demonio. -Kasa.- le llamó mirándole con aquel orbe suyo en oro líquido bañado totalmente en lujuria, una que ni uno sólo de los presentes marcaba de manera tan severa como ése cuerpo desnudo. No esperó que el otro se dignase a atajar la distancia por lo que se hizo hacia delante por cuenta propia ganándose el atragantamiento del ajeno al internarle la polla hasta la misma campanilla más su verdadero objetivo fue agarrar por lo largo y lacio de esa pelambrera que se asemejaba a las llamas del infierno y tirar de manera burda del mismo para pegar el cuerpo del contrario contra su lateral diestro, permitiendo al que ahora tosía proseguir con la labor iniciada entre sus piernas. Una vez sintió el candor de ése cuerpo despojado de cualquier prenda encaró su cara a esa otra tal y cómo anteriormente el demonio hizo consigo, no obstante, su aliento estaba cargado en el aroma de lo bebido. –Te prohíbo irte lejos mientras me la come.-

Y tras aquella orden buscó emular el roce que hacia escasos minutos le propinó el pelirosa Primero mordió lo que se le antojó por demás carnoso del labio inferior de su estimado verdugo y no se estuvo en contener la fuerza, muy por el contrario el bocado que propinó fue digno merecedor de aportar dolor al sometido. No se detuvo con tan efímero contacto, su compañero había evocado suficiente madera en su fuego como para que ahora le desease, como para que ahora se sintiera verdaderamente atraído por aquella aura maligna, por aquel trasfondo oscuro. Hasta ahora únicamente lo sentido hacia ése otro no traspasó la más pura curiosidad, ahora la misma se transformó en un retorcido y malsano deseo que estaba quemándole cada desinhibido poro. Lengua tan imperiosa como el propietario buscó algún hueco en el que adentrarse en paraje hasta ahora desconocido para él, sabor exótico, candente. Jadeó sobre los labios del demonio y esa mano postulada en lo fino de su cabello descendió en posición y finos dígitos del gobernante teclearon la fina y desnuda piel del pecho adyacente pero la caricia dejó de ser tierna cuando alcanzó el bajo vientre de éste, no llegó a rozarle la entrepierna pero se encargó de arañarle la zona próxima como propina a esas marcas que ahora él mismo lucía sobre el torso de manera perpendicular. Agobiado por lo húmedo del beso y siendo incapaz de seguirlo como era menester apartó ambas comisuras tras un potente jadeo. Ahhh... Se había olvidado del que estaba procurándole atenciones ahí abajo pero romper contacto con el demonio le hizo sabedor de que el crío aún estaba buscando la corrida del Rey a lo que éste llevó la zurda a la cabellera castaña y le empujó con ímpetu hacia su envergadura, más... su diestra estaba aún sujetando el cuerpo de ése tan querido amigo que tenía pensado trasformar desde ya en callado amante.





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Re: Una arriesgada confesión [priv Magheq]

Mensaje por Ayperos el Lun Dic 02, 2013 7:17 pm

El Rey tuerto pronunció una vez más esas cuatro letras que estremecían el alma del diablo, Kasa, y éste notó como el moreno lo agarraba con dureza del pelo y tiraba hacia él. No profirió ningún sonido de queja, ni un leve gemido, pues los bastardos de su especie tenían el lindar del dolor muy por encima de los humanos corrientes. Como mucho aquel gesto excitó a Ayperos, más que molestarle o causarle daño alguno. La rudeza del Rey era un potente afrodisíaco para él. Incluso empezó a cuestionarse si ese hombre podría llegar a doblegarle, si Magheq tenía lo necesario para dominarle. Todavía era demasiado pronto para saberlo, hacía muy poco tiempo que se conocían. Las ganas del demonio de jugar con su presa y divertirse un poco más, mientras empezaba a sacarle información, se acrecentaron.

Así que Ayperos se quedó quieto, con su apolíneo cuerpo desnudo pegado al de su Rey. – Tus deseos son órdenes para mí, alteza respondió el demonio con voz marcadamente masculina, cuando el monarca le prohibió marcharse mientras durase la mamada. Seguro que al alquimista tuerto le encantaría oírle decir aquella frase en serio. Pero solo podía aplicarse a ese mandato, en ese instante en concreto, y porque el asunto divertía y excitaba al demonio en partes iguales, no por que Magheq hubiese alcanzado el rango de Amo en la oscura alma de ese diablillo. El de pelo color azabache empezó a morder con suma lubricidad su labio, y el demonio acompañó sus movimientos, acercando todavía más su ardiente cuerpo al de él. No pensaba recular ante su ataque, ni mucho menos. Cuando las uñas del Rey tuerto le marcaron esa zona tan cercana a su entrepierna, le susurró, con los labios aun pegados a los de él – Si sigues provocándome así, no podré contenerme – de nuevo un levísimo dolor, que para el demonio significaba más placer que incomodidad. A ese paso tendría que sodomizar, torturar y violar a todos los presentes en esa sala, para poder liberar las intensas y profundas ansias de follar que ese estúpido alquimista estaba despertando en él.

En ese momento, Magheq pareció recordar que tenía un joven sumiso arrodillado entre sus piernas chupándole la polla, pues le agarró del pelo y empezó a empujarle la cara contra su duro falo. Ayperos permanecía quieto, reclinado contra el cuerpo del Rey, sintiendo su creciente calor, y aportándole la suya propia. Pero aquello no le complacía. No quería que el moreno terminara vertiendo su corrida en la boca de ese puto. Tenía que ingeniárselas para encontrar la manera de proporcionarle suficiente placer como para que, unido a la desinhibición por haber consumido tanto alcohol, hicieran que el monarca perdiera del todo la cabeza y la capacidad de razonar, y terminara explicándole aquel secreto que mantenía guardado. Algo le decía que tenía que ser importante, si implicaba al V y la muerte de alguien. ¿Podría usarlo contra Magheq? ¿Contra el propio V? Ah, eso sería maravilloso. Encontrar la excusa para provocarle, luchar con ese albino engreído, y vencerle de una vez por todas. Sí, eso sería fantástico.

Y de repente se le ocurrió como podía hacerlo. Con la ayuda de esos putos que aguardaban su turno, podría distraer al pelinegro, o eso esperaba. Ayperos dedicó una mirada entre picara y malvada al Rey, justo antes de apoyar una de sus rodillas en el suelo. Apartó con suavidad al joven puto de la polla de Magheq, y le susurró unas palabras en voz tan baja que el contrario no pudo oírlas. El demonio rápidamente se puso en pie de nuevo y, mientras el puto iba donde estaban los otros 5 maniatados a darles las órdenes que había recibido, él se dedicó a distraer al Rey. – He tenido que pedirle que se detuviera porque estaba haciéndote un trabajo verdaderamente terrible ahí abajo – le explicó al IV – Pero la nueva distracción que he pensado para ti, seguro que te encanta, mi Señor cuando le dijo esto último sus orbes se cargaron de más malicia que picardía. Abrazó a Magheq , poniendo sus brazos rodeando el cuello ajeno, y hizo uso de su poder de fluctuación.

Al segundo siguiente el de pelo azabache se encontraba sentado en un cómodo sillón de amplias dimensiones, situado en el lado opuesto de la estancia. Ayperos estaba sentado sobre su regazo, con las piernas abiertas, y con su diablesco trasero desnudo colocado justo encima del imperial rabo de su acompañante. Con las pupilas clavadas fijamente en las de él, le dijo con una enorme sonrisa en los labios – Confía en mí – cuantas veces le había dicho ya esas tres palabras, y jamás el monarca dio un voto de confianza en él… Bien hecho que hacía. Ni Ayperos mismo confiaría en su persona para nada. Claro que el sake había trastornado la mente del Rey y eso provocaría que el monarca se comportara de manera más espontánea y confiada, al menos eso esperaba. El demonio entonces bajó la venda que cubría la cuenca vacía en el rostro de Magheq, tapando así el orbe sano del alquimista. Los labios del demonio se posaron sobre el ojo sano, tapado ahora con ese retal de tela, dejando ahí un morboso beso – ¿Quieres follarme, mi Rey?  - le preguntó, mientras agarraba su polla y empezaba a acariciarse entre las nalgas con su húmedo glande – Me juego toda mi fortuna a que estás deseando que yo mismo me empale con tu regio mástil –

Mientras el demonio le iba diciendo aquellas zalameras palabras a Magheq, los seis prostitutos se acercaron al sillón en el que estaban y empezaron a ejecutar su labor. Dos de ellos se arrodillaron a lado y lado del asiento, cogiendo cada uno un brazo del de pelo azabache. Otros dos mozos se situaron a los pies del monarca y le sujetaron los mismos con las manos. No lo agarraban para que no escapase, su propósito no era ese. Ayperos, sentado como estaba sobre el chico podría impedir que intentara levantarse él solo, no necesitaba la ayuda de nadie. Lo que hicieron los prostitutos fue empezar a lamer, acariciar y sobar cada extremidad del alquimista, llenándole de placer por cada poro de su piel. Ayperos le hizo una seña al muchacho que faltaba, el que le había estado comiendo el rabo a su majestad, para que se situara donde le tocaba, que era entre las piernas abiertas del moreno, y con su espalda pegada a la del diablo. Ayperos separó el rabo del alquimista, alejándolo de su culo, y lo apuntó a la entrada posterior del puto. Cuando el chico empezó a bajar, clavándose la polla del alquimista en su joven trasero, el demonio le dijo a su presa, con su boca pegada al oído de él, y abrazándole por el cuello – Ése podría ser yo – Ayperos notaba el culo del puto rozándole la espalda cada vez que subía y bajaba, metiéndose y sacándose del ano el duro mástil de su contrario – Sería delicioso que te dejara hacerme esto, ¿Verdad? Te correrías de puro gusto si fuese yo quien se estuviera empalando tu polla dentro de su estrecho esfínter – el de pelo color carmesí provocaba al alquimista, para que con ayuda del alcohol, y de tener la vista privada, empezara a marearse por tanto placer recibido y se dejara llevar por él donde deseaba tenerlo.

El demonio no tenía tiempo que perder, así que volvió a agarrar una botella de alcohol que estaba a medio consumir, pegó sus labios a los del moreno, y empezó a verter bebida entre los dos, mientras lo besaba de manera lasciva y ejecutaba movimientos sinuosos con sus caderas sobre el cuerpo del otro, restregándole su duro rabo contra la parte baja de su estómago, acompañando el balanceo cada vez más rápido del puto que se follaba al tuerto. Cuando hubo vertido una buena cantidad de sake dentro de sus bocas, hablando con su lengua todavía pegada a la de él, le dejó caer como si nada – Dime, mi Rey ¿De quién estabas hablando antes, cuando nombraste a nuestro amigo el V– Ayperos dejaba caer las preguntas como si nada, como si no se tratase realmente de un tema importante - ¿Quién murió? – le preguntó de manera muy lenta y pausada, y usando un tono de voz suave y casi musical - ¿Qué fue lo que sucedió? - Solo esperaba que su plan hubiese surtido efecto, y que hubiese colapsado suficiente la razón del alquimista, para que éste soltara su lengua, igual que terminaría soltando en breve su corrida, y le explicase aquel secreto que tan bien había guardado.


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Re: Una arriesgada confesión [priv Magheq]

Mensaje por "Magheq" IV. Kahlfuss el Mar Dic 03, 2013 12:50 pm

El mareo atenazó a ése ebrio cuando el demonio que le acompañaba jugó a las fluctuaciones con un cuerpo nada acostumbrado a ése tipo de acciones. Así pues el malhumor golpeó a las puertas del drogado, observando con gesto huraño a su tan apreciado antagonista no obstante la única ventana al mundo fue emparedada por la tela utilizada para disfrazar tétrico y doliente pasado empeñado en perseguirle y todo sea dicho, torturarle cómo nada más lo hubiera conseguido. Desprovisto entonces del sentido de la vista sus otros sentidos parecieron agudizarse, no confiando en demasía en el juicio del que ya había visto asesinar sin ningún rastrojo de culpa en la mirada. Sentado cual rey ciego en su trono se supo cautivo de varios pares de manos aunque antes de llamar a la alarma fue gustosamente atendido por bocas que esparcieron saliva por cada expuesta extensión de piel. Ahogó sonidos que evidenciaban placer atento a las palabras de su amigo. –Sí, quiero follarte.- embebido por el exceso de elixir dejó que la verdad azotase, mierda, ése imbécil sabía bien cómo calentarle la bragueta. Le tenía ahí, frotándose contra lo duro de su fisonomía, atrayéndole con un sensual meneo que acrecentó su deseo.

El calor del condenado pronto le abandonó pero en su lugar su polla se enterró en un dilatado ano. Por inercia el Rey de todo Exules arqueó la espalda y buscó mayor profundidad en aquel conducto aunque el peso extra en su vientre le hizo ardua tarea el procurar arremeter contra el puto. –Kasa...- sabía que no era ése a quién estaba penetrando, no obstante la bebida le tenía lo suficientemente aturdido como para cumplir fantasías en su mente. Ahí sí estaba follándose al de cabellera carmesí. La voz de aquel al que mentó se escurrió en su oído como necesitada agua para el sediento en un desierto y los jadeos pronto florecieron en la agotada comisura del magnate del lugar, ése prostituto no se movía al ritmo deseado, desentonaba con el contoneo de las caderas de ése apoyado en su vientre pero a pesar de ello la excitación le tenía tan sumamente aturdido que no hizo ademán de desear finalizar con aquella contienda de placeres vertidos en su borracha persona. Abrió de buena gana la boca cuando el aliento del verdugo se encaró a él y buscó de manera demandante roces de aquella viperina sinhueso, encontrándose con el inesperado extra de sabor fuerte.

Alcohol y saliva fueron las nuevas protagonistas en un beso en el que volcó toda el hambre de lujuria que estaba provocándole, el otro habló pero su lengua no dejó de frotar esa otra de manera imperante, lujuriosa, movió la misma con maestría para incluso enredar a la de su antagonista. Exhaló. Mareo azotó de nuevo. Las palabras ajenas rebotaron en sus oídos pero también en un punto alejado de ése cerebro que yacía ya apagado. ¿Es qué era imbécil? ¿No sabía la historia? Aaahhh... menudo demonio era, entonces! Servía ciegamente a un desconocido. Intentó reír pero en ése momento las caderas del puto se movieron con algo más de brusquedad y en vez de risotada lo que manó de esa abierta comisura con aroma a sake fue un profundo e inesperado gemido.

Movió con brusquedad la diestra y aquellos que estaban lamiéndole con sobrada lujuria los dígitos se apartaron con el terror implantado en el semblante, esperándose peor fortuna de la prometida por quien vendió sus cuerpos al mejor postor. La mano embalada en saliva buscó a tientas ése pelo que siempre, a escondidas, admiró, y como hizo anteriormente para buscar su boca apremió contra esas delicadas hebras, enredándolas entre sus dedos y tironeando de ellas hacia su persona, esta vez fue el invidente quién le habló al oído con lascivia. –Le perdió..- esa historia parecía no ir con él, cómo quién cuenta una fábula, se metió en un papel totalmente alejado de la realidad, él no era el protagonista. Se alejaba con ello del dolor que pudiera fluctuar, aunque el que estaba follándose al prostituto parecía encantado de poder relatar esa historia, una que jamás le susurró a nadie. –El que perdió el ojo estaba embarazado.- otro gemido. ¡Qué locura! Dudaba poder soportar más todo aquello sin acariciar con la yema de los dedos el infierno. –Pero el niño murió sin nacer siquiera.- y estalló en una agónica risa aunque la falta de respiración se evidenció en un pecho que subía y bajaba con brusquedad. La falta de aire hizo que el morocho separase su boca de aquella que demandó en numerosas veces en aquel acto y abriéndola de par en par tomó soplo de vida desde aquella que por la comisura escurría rastrojos de la mezcla de ambas salivas junto al sake. Su diestra no obstante seguía entre lo carmesí de ése pelo que caía sin vergüenza por una perfecta y masculina espalda, asegurándole a su lado mientras el dolor, el placer, la agonía... mientras todo se revolvía en peligroso coctel en lo más profundo de su mente, de su cuerpo. Ahogado volvió a tomar la palabra, ahora en voz alta, riéndose de él, de su suerte. Estaba totalmente fuera de sí. –¡Ése hijo de puta lo mató!- y al único hijo que en alguna vez moró en su vientre se refería.

El de las mejillas caldeadas movió la cadera para buscar terminar con lo que sus testículos resguardaban y volvió a dar rienda a esa truncada imaginación. Su mano liberada de las atenciones de los atemorizados tomó posición en la baja espalda del de cabellera carmesí y le obligó a amoldarse a sus movimientos, muy a pesar de no estar insertándosela a él fingiría que así era. Su abierta boca proseguía en lucha por llenar de lo vital a sus pulmones empero y a pesar de ello volvió a llamarle por aquel mote que había tomado nuevo significado para él, regalándole con ello un par de nuevos gemidos. Fuera por el alcohol o por creerse verdaderamente que estaba tirándose al más diestro de sus lacayos poco tardó en derramar ardiente esperma en el interior del prostituto, quién con gritito recibió lo que el otro evocó tras ronco sonido que le hizo vibrar el pecho como todo un tigre al ronronear. Agotado por el aguante del monarca el puto se levantó poco a poco para que de su interior se escurriera lo que aún estaba erguido mirando con eterna duda al de cabellera carmesí. Las piernas del crío temblaban y de entre sus muslos escurría lo que el rey ahí cobijó, dándole un aspecto casi... sí, casi deseable.

Sudor creaba traslucida película sobre la piel del que recién había evocado todo deseo en culo venidero y predispuesto a ello. Estaba ciertamente mareado, los oídos le pitaban, el ahogo era inminente y muy a pesar de ello se las ingenió para soltar el pelo de su oscuro compañero y buscar el modo de quitarse la condenada venda. Un mísero tirón bastó para que su ojo volviera a enfocar al desgraciado. Pestañeó un par de veces antes de ser capaz de verle de un modo más o menos nítido. –Quédate.- estaba tan condenadamente ebrio que no le importaría por esa vez suplicarle presencia. Enderezó a cómo pudo su espalda y buscó su boca con la misma necesidad mostrada el resto de las veces, aunque en esta ocasión le propinó severo bocado, parecía haberse olvidado incluso de la conversación o del polvo anterior; Muy posiblemente siquiera ya estuviera en mente que su cuenca vacía no portaba soporte de tela... se movía pesado, lento. El alcohol le tenía subyugado pero si algo sabía era que le tenía consigo, a él, a su verdugo, a su compañero de caza.





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Re: Una arriesgada confesión [priv Magheq]

Mensaje por Ayperos el Mar Dic 03, 2013 3:19 pm

Ayperos no podía creérselo, su plan estaba funcionando, el Rey tuerto había soltado su lengua y estaba confirmando las sospechas del pelirrojo, que sabía que debía haber un secreto oculto. ¡Y menudo secreto! Magheq había quedado embarazado y Gintoki de alguna manera mató a su hijo no nato, seguramente en una pelea o algo parecido. ¡Menudo bombazo! Con aquella información podía aparecer ante el V y retarle a una batalla. Y si se lo montaba bien, quizás consiguiera juntar a esos dos que habían sido tan amigos en el pasado y hacer que se mataran entre ellos, quedándose a disfrutar del espectáculo, por supuesto. Sí, ya lo tenía decidido. Ayperos pensaba utilizar aquella nueva información para incrementar el odio que Gintoki y Magheq ya se profesaban. Y si moría alguno de ellos en la reyerta, o ambos, él podría apoderarse de los territorios que quedasen libres. Era un plan malvado y perfecto. No podía fallarle de ninguna de las maneras.

Lo único que le sabía mal al demonio era terminar su relación con el Rey tuerto, sin haber catado ese delicioso culo que tenía. Y menos cuando se le estaba presentando la ocasión perfecta para hacerlo en ése mismo momento. El monarca de pelo negro pronunciaba su apodo mientras jadeaba como una perra en celo, al tiempo que el puto subía y bajaba por su duro mástil, follándoselo. Debía estar haciendo un buen trabajo ahí abajo, o tal vez fue por la sutil colaboración del demonio, pero el Rey tuerto en seguida terminó soltando su espesa corrida dentro de culo irritado de ese chiquillo, que al saber que su tarea había finalizado, salió de su posición y quedó tumbado en el suelo, a la espera de nuevas órdenes.

Entonces Magheq se quitó la venda que nublaba su vista y besó a Ayperos, mordiéndole de manera voraz en el proceso. “Quédate” le suplicó el monarca. El demonio le observó, sorprendido. El IV parecía haber olvidado por completo la terrible confesión del que lo había hecho partícipe hacía apenas unos minutos. Ahora le rogaba que permaneciera a su lado, toda la noche. Y eso para el demonio sólo tenía un significado. A pesar de negarlo con tanta rotundidad, el Amo deseaba ser follado por su perro de caza. – Como desees, mi Rey. Me quedaré contigo. – le respondió de manera zalamera, mientras en su interior pensaba que haría que Magheq solo pudiera pensar en ese día como el día en que le entregó su preciado culo a su súbdito demonio. Cuando se diese cuenta a la mañana siguiente de lo que había sucedido, el IV se sentiría tan avergonzado como él mismo cuando fue vencido en esa pelea. Así aquel asunto habría quedado zanjado. Humillación por humillación. Ojo por ojo y diente por diente.

El demonio no tenía tiempo que perder. Fluctuó con Magheq hasta su aposento, apareciendo ambos sobre su mullida cama. Ayperos arrancó la cortina roja del dosel de madera que hacía de techo de la cama, y la utilizó para atar ambas muñecas del Rey tuerto, abiertas y bien arriba. El monarca se aguantaba de puntillas sobre el colchón ahora, y su cuerpo quedó amarrado en forma de T justo en medio de la cama. - Espérame aquí, vuelvo en seguida – le dijo con guasa al monarca ebrio, y acto seguido desapareció. Ayperos volvió a aparecer en la misma sala en la que acababan de estar. Esos seis putos tenían los segundos contados. Habían estado presentes durante la confesión del IV y por eso no podía permitirse dejarlos con vida. No podía dejar ningún cabo suelto, o su plan fallaría. Con brutal eficacia, el demonio de pelo carmesí asesinó a sangre fría a los allí presentes. A todos menos a uno. No se demoró más de un par de minutos en hacerlo – Perfecto – susurró, y volvió fluctuando a su habitación, trayéndose con él al mismo prostituto que acababa de dejarse follar el culo. Ayperos tenía su esbelto cuerpo desnudo salpicado de la sangre de los putos.

El demonio empujó al único superviviente de la matanza al suelo y subió sobre la cama, situándose justo en frente del moreno – Mi bienamado Rey, vas a sufrir tanto placer y tanto dolor esta noche, que ya nunca volverás a ser el mismo – Ayperos destripó con sus propias manos los ropajes del monarca, dejándolo desnudo, con algún retazo de ropa colgando de sus extremidades. Luego acercó su abrasador cuerpo al del Rey y empezó a rozarse con él, acariciándole el rostro – Haré que grites de terror – profería esas amenazas utilizando una voz muy dulce, pero con mucha frialdad en su mirada – Te correrás tantas veces que no serás capaz de sostenerte en pie – el demonio prosiguió – Voy a destrozarte el culo a pollazos – empezó a lamer la barbilla del Rey, subiendo por una de sus mejillas y terminando en la cuenca vacía – Y cuando creas que ya no puedes soportarlo más, cuando estés a mis pies llorando y suplicando clemencia… volveré a sodomizarte, para que no se te olvide jamás quien es el perro y quien el Amo aquí – había tanto odio en esas palabras que el joven prostituto se estremeció de terror, y eso que el asunto no iba con él. Aprovechando que tenía al demonio de espaldas, el puto intentó escapar, pero la puerta estaba cerrada. Ayperos ni se giró para amenazarle – Tu fortuna ya ha sido decidida, mocoso. Hoy vas a morir. De ti depende que tengas una muerte plácida, o que me regodee torturándote hasta volverte demente. Así que se un niño bueno y quédate sentado junto a la cama. Pronto requeriré de tus servicios. – el puto estaba aterrorizado, sabía que no tenía salvación, pero entre morir entre terribles tormentos y que su final fuese más liviano, se decantó por esto último y hizo lo que el demonio le había ordenado.

Antes de nada, Ayperos atormentaría al Rey tuerto. Una buena dosis de martirio siempre era un buen afrodisíaco para él, y realmente deseaba dañarle. – Tú puto, abre el armario y acércame uno de mis cinturones – le ordenó al joven, que cumplió con su deseo con la máxima celeridad. Pronto Ayperos tuvo en su mano diestra el estrecho cinto de cuero - ¿Te han azotado alguna vez, princesa? – le preguntó al monarca, con una sádica sonrisa en los labios – Es una sensación espantosa – prosiguió, mientras acariciaba la tira de piel con sus finos dedos – Al principio solo resulta algo molesto, pero cuando los golpes se repiten una y otra vez sobre la misma zona, llega a ser insoportable. Muchos se desmayan. – el demonio de pelo carmesí usó el extremo doblado del cinturón para alzar el rostro del Rey ebrio - ¿Serás una princesa valiente y soportarás con honor tu castigo? ¿O terminarás llorando y suplicando como una perra para que me detenga? – sin esperar respuesta por su parte, Ayperos le soltó el primer golpe a traición, cruzándole la cara, desde la cuenca vacía hasta el otro lado ¡¡CHASS!! el sonido de ese latigazo chocando contra el rostro del monarca le puso aún más duro el rabo. – Haré un trato contigo, por ser quien eres. Si logras contar y agradecer en voz alta cada golpe que te dé, te premiaré haciéndote la mejor mamada de tu vida. – Ayperos acariciaba el torso desnudo del Rey con el cinto, mientras le hablaba – Si por el contrario me desobedeces, no tendré más remedio que aplicarte un castigo mayor. Tú decides, mi Rey acto seguido el demonio desdobló el cinturón y golpeó con saña los brazos, el torso y el estómago del monarca ¡¡CHASS!! ¡¡CHASS!! ¡¡CHASS!!  – ¡No te oigo contarlos! – le gritó mientras insistía en golpearle la espalda, su trasero y las piernas ¡¡CHASS!! ¡¡CHASS!! ¡¡CHASS!! ¡¡CHASS!! ¡¡CHASS!!  - ¡¡Dame las gracias, princesa, será lo mejor para ti!! – pronto el cinturón empezó  caer en zonas ya golpeadas y la sangre de Magheq comenzó a manchar las sábanas y al propio demonio. Con todo el odio del mundo, Ayperos dejó caer un último y brutal azote directamente sobre la entrepierna desnuda del Rey.


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Re: Una arriesgada confesión [priv Magheq]

Mensaje por "Magheq" IV. Kahlfuss el Jue Dic 05, 2013 8:20 pm

El nuevo cambio de escenario que fue llevado a cabo por el poder de fluctuación de su compañero logró que el síncope le dejase aturdido y con la consciencia azorada incapaz de advertir lo que aquel demonio maquinaba para su ajumada persona. Perdió la consciencia, o quizás es que se sentía tan perdido que no comprendió por qué el otro estaba jugando con las telas y sus muñecas. Pestañeó lento, muy lento... Para cuando sus párpados lograron desembarazarse de la extenuación pudo ser, ahora sí, consciente de la posición en la que compañero de alcohol le hubo dejado.

Ahí colgado permaneció solo por un par de minutos en los que logró recuperar cordura y afluente empero la llegada del terrateniente de ése cuarto con al que ya se había follado posteriormente le advirtió que la cosa no terminaría, no aún, no pronto. Ropas despojadas como su dignidad, palabras cargadas de odio y ensombrecidas por venganza fue todo cuanto recibió por parte del de cabellera carmesí. El cotejo de quién era el perro y quién era el amo volvió a ser punto de mira, aunque parecía ser que esta vez las acciones no irían a su favor en absoluto. Alzó el mentón cuando Ayperos se lo imperó con cinto en mano. ¿Azotarle? ¿Estaba de broma? No hubo tiempo para meditar sobre lo peliagudo del asunto, tampoco para intentar defenderse, el primer impacto rompió el aire y seguidamente su piel para regocijo de su verdugo, uno que ahora parecía rebelarse contra la corona. El dolor del primer golpe le mantuvo en silencio mientras el contrario explicaba las normas de la tortura, pero no era tanto el dolor como cuanto a la tortura psicológica se refería, estaba atado, indefenso a las manos de aquel macho que brillaba al verse dominante con cinturón en mano, sabiendo el monarca que aquella le haría sufrir, que sería castigado... Y bien castigado. Lastimado. Lacerado. Más de aquellos se regaron sin control aunque permaneció con los labios prietos sin quejarse, más tampoco sin contarlos. Sabiéndole cercano a la espalda se vio obligado a arquearse muy ligeramente para evitar que pegase directo a su columna vertebral, reduciendo así el riesgo de lo que podría darse como lamentable accidente. Su olfato no fue capaz de captar otro aroma que no fuera su propia sangre salpicando sábanas y piel propia en aquella marea de masoquismo, aunque para él no había palabra de seguridad para detener al que estaba masacrándole con golpes tan certeros como dolientes. Estaba ahí, doblegado al poder que impartía a quién consideraba mano derecha. No se lo vio venir, no se lo esperó, quizás pudiera haberse protegido el miembro alzando una pierna, pero el golpe llegó letal y más duro que cualquiera de los otros hasta ahora dispensados, o al menos, así pensó que era cuando lo recibió.

El golpe fue plano, deteniéndose en su entrepierna para después caer hacia abajo y plena y nueva disposición del dominante, el receptor emitió un agónico sonido antes de que su cabeza oscilase hacia delante y apuntase con la frente hacia la cama ya cubierta por el carmesí de su sangre. La fría reyerta llevó al tuerto a tomar aire por la boca aunque de la misma caía la saliva que humedecía la cama incapaz incluso de tragar, todo dolía ahora. Empero y a pesar del suplicio de aquellas contusiones no hubieron más lamentos ni suplicas, ni voces ni lloros. El cuerpo del ebrio temblaba en espasmos típicos del dolor pero boca fue repentinamente sellada por hilera de dientes que apresaban con desmedida fuerza su labio inferior, no terciaría a las ordenes de un vasallo que se creía patrón por sujetar el cinturón que tantas heridas dejó derramadas por su piel.

Cerró trémulas manos colgadas en puños certeros que procuraron devolver cierta nitidez al que estaba por desfallecer, empero tensó aquellas y sus brazos ganaron la fuerza suficiente para aguantar los regios y lacerados hombros de quién buscó la mirada del que se atrevió a sodomizarle de aquel modo, tenía la ceja que bordeaba la cuenca vacía partida y la sangre manchaba cuanta piel tenía bajo sí a su antojo, mas su mirada mostró rectitud... una que se doblegaba por el alcohol, no obstante. Quizás y gracias a la droga que buceaba en sus venas el dolor no fue tan soberbio como para terminar desmayado. –Bastardo...- al hablar paladeó sabor metálico y supo que debía tener alguna zona del labio partida, dañada. Escupió sobre aquella su cuerpo se mantenía en alza y evidenció carmesí junto a la saliva: Estaba destrozándole por fuera y por dentro. El regio golpe que el demonio lanzó en su entrepierna hizo que su erección se viera lastimada hasta el punto de sangrar y sensible como era la zona en cuestión se amorató y pareció crecer de tamaño por el hinchazón: Nada que con hielo no pudiera dañar. Nada que con matarle no se solucionase. Perdió la fuerza en los brazos pues no debía olvidar que proseguía caído al embrujo del alcohol y de nuevo su magullada expresión se encaró a la cama. Bien. No podía ni quería seguir con aquello pues mucho se temía que su estimado le arrebataría la vida, pero suplicar únicamente lograría alzar el ego del de cabellera carmesí y eso era algo que no haría. Jamás. Por fin recuperó algo del aire perdido en esa batalla librada contra él y en la que perdió toda dignidad, si más no, únicos testigos eran los inmortales y el crío que temblaba a los pies de la cama.

El mareo se atrinchero y el dolor sólo consiguió que el monarca pareciera tener una arcada. Mierda. –Suéltame.- sonó tan dominante como acostumbraba muy a pesar de su posición, de su emplazamiento y obligada sumisión. Demasiado alcohol... Demasiado. –Matame de una vez si es lo que quieres.- la sonrisa hizo hueco en aquella comisura maltrecha y a pesar de tener la cabeza agazapada su ambarina buscó aquel océano azul ahora salpicado en tormenta. -Pero ni así serás mejor que yo.- otra arcada, se contuvo. Respiró. Dudaba soportar mucho más con suficiente lucidez, dudaba siquiera que su cuerpo soportase muchas más reprimendas de aquella índole. Estaba en su límite físico y para su desgracia el único que podría ayudarle en batalla de esa índole era el mismo que empuñaba la improvisada fusta.





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Re: Una arriesgada confesión [priv Magheq]

Mensaje por Ayperos el Sáb Dic 07, 2013 2:24 pm

Como era de esperar el prepotente Rey bastardo no se avino a seguirle el juego a Ayperos, así que se mantuvo en silencio, sin contar ni agradecer los golpes que el otro le daba, y sin emitir si quiera un triste gemido de dolor, que tanto habría complacido al demonio. Pero el pelirrojo sabía que ese posado de tio duro no podía durar eternamente, Magheq terminaría cediendo, y gritando de manera desgarradora, seguramente cuando le empalara con violencia su duro mástil en ese hermoso culo que tenía. Solo le oyó quejarse una única vez, en aquel fortísimo golpe que dirigió a la zona más sensible de su anatomía, y tras el jadeo un insulto a su persona – Así que eres una princesa valiente que no llora cuando la castigan – le susurró el demonio a su enemigo – Eso está muy bien, pero no seguiste las normas del juego, y te avisé de qué sucedería si no lo hacías – le amenazó, con voz firme. Magheq entonces le ordenó que le soltara, o que le matara de una vez, y añadió que no sería mejor que él por hacer aquello. El demonio se rio por lo bajo Mi Rey, mi amado Rey tuerto… Si te matase terminaría demasiado pronto con la diversión. Todo lo contrario. Pienso mantenerte con vida y despierto, todo el tiempo que haga falta y con los métodos necesarios para ello, porque dudo que vuelva a tener semejante oportunidad como la que me has regalado hoy. Sería un completo idiota si la desaprovechara. Así que lo siento, no puedo cumplir con tu deseo en esta ocasión. –

Tras decirle aquello, Ayperos inclinó un poco la cabeza, dejando de mirar a la cara al moreno, bajó despacio por su herida anatomía, hasta que llegó a su entrepierna. Allí el pelinegro lucía una semi-erección palpitante, manchada de sangre y amoratada. A pesar de que el demonio había dicho antes que solo se la chuparía si accedía a seguir sus reglas en el juego, y Magheq no lo había hecho, el pelirrojo se sentía tan excitado y atraído por ese jugoso pedazo de carne herido, que no pudo reprimirse – Para que veas que soy un Amo magnánimo, te obsequiaré con el premio prometido, aunque no te lo hayas ganado – y dicho y hecho, el demonio de pelo carmesí se arrodilló entre las piernas de su Rey, pero al contrario que la ocasión anterior, que solo lo hizo para molestarle engañándole, ahora sí que pensaba cumplir con su palabra. Quería que Magheq obtuviera tanto dolor y placer que se volviese loco, que desde ese día fuese incapaz de pensar en otra cosa que no fuese la brutal violación que había recibido por parte del demonio de pelo carmesí, y al añadirle una buena ración de gozo por parte de la víctima, eso todavía volvería aquel asunto mucho más difícil de digerir para el moreno. ¿Cómo odiarle si iba a proporcionarle el mayor placer que hubiese sentido hasta la fecha? Sí, mezclado con un enorme dolor, pero eso aun lo volvería mucho más excitante.

Ayperos acercó su mano abierta a la entrepierna del Rey tuerto y agarró sus pelotas y la base de la misma, apretándola y estrujándola con saña – Debe ser doloroso que te toquen aquí – comentó, al tiempo que acercaba su boca a la polla del moreno y rozaba con la punta de su lengua la zona más dañada. Fue un leve roce que duró unos segundos, y sin más preparación, Ayperos abrió del todo sus labios y se metió de golpe y de manera ruda el resto de extensión del rabo de su enemigo dentro de la boca. Se notaba que el demonio tenía mucha práctica en aquello, pues no le costó nada introducirla tan adentro que notaba el glande del Rey clavado en su garganta, y sus pelotas aplastándose contra su nariz, cada vez que empujaba con fuerza, metiéndose aquella dura tranca bien adentro. El demonio de pelo carmesí pensó que el rabo del Rey era tan hermoso como apetecible, pues emitía un aroma particular y atrayente, y su sabor era delicioso. Seguro que su corrida tenía que ser exquisita también.

A pesar de lo que estaba haciendo, Ayperos no quería que Magheq se corriese tan rápido. Lo que buscaba mamándosela de aquella manera tan intensa era que empezara a endurecérsele el rabo, pero sin llegar a eyacular. Así sería más divertido para el pelirrojo, pues sería él quien controlaría y decidiría en qué momento podía correrse el Rey. Así que cuando Ayperos notó que la polla del monarca empezaba a crecer y a hincharse dentro de su boca, se la sacó de golpe, y le ató uno de los extremos del cinturón de cuero con el que lo había azotado antes a la base de su rabo, cerrándolo muy fuerte y apretado, clavándole los hierros de la hebilla. De esa manera Magheq recibiría de manera constante pulsaciones de dolor de esa zona, pero no se le bajaría la erección ni que se lo propusiese. Y si se excitaba demasiado y se le hinchaba más, más daño recibiría. – Perfecto – susurró el pelirrojo, cuando hubo terminado de atarle el cinto a su rabo.

Después de eso, el demonio de pelo carmesí se puso en pie y se situó a la espalda del monarca – ¡Eh, puto! no te duermas en los laureles, que te necesito aquí – le dijo Ayperos al joven prostituto, que se subió en la cama y se arrodilló entre las piernas de Magheq, ocupando el mismo lugar que el pelirosa acababa de dejar vacío – Empieza a chupársela – le ordenó el demonio, y el joven no dudó en obedecerle, introduciéndose el duro falo del Rey todo lo dentro que podía soportar en su estrecha boquita. – Así, muy bien – asintió complacido el sádico violador, que tras supervisar la faena del puto se sentó a las espaldas del Rey, justo en frente del puto. Pasó sus brazos por debajo de las pantorrillas del pelinegro, y luego por arriba, obligando de esa manera a su presa a que apoyara la parte más baja de su culo en su torso, y las piernas abiertas sobre los hombros. Las manos del demonio alcanzaban justo las regias nalgas, y su rostro quedó tan cerca del trasero del Rey que éste debía estar notando su cálido aliento en esa zona sensibilizada por los azotes – Tienes un trasero realmente digno de un Rey, será todo un honor para mí reventarlo con mi dura polla, y correrme tan profundo dentro de tus entrañas que mi semen jamás vuelva a salir de ahí. Mi corrida te acompañará toda tu patética vida. ¡Jajajajaja! – le comentó, entre risotadas, justo antes de abrirle las nalgas de manera ruda, lo máximo que la piel alcanzaba a estirarse. Al demonio le sudaba si a su enemigo le dolían las heridas abiertas. De repente pegó sus labios al agujero posterior del tuerto y empezó a meterle bien adentro la lengua, como si se tratara de una pequeña pollita y lo estuviera follando con ella.


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Re: Una arriesgada confesión [priv Magheq]

Mensaje por "Magheq" IV. Kahlfuss el Miér Dic 11, 2013 12:40 pm

El dictador monarca yacía en su maniatada posición con los ojos entornados procurando enfocar el lecho cubierto en sendas máculas de carmín provocadas por el flagelo galardonado por mano tirana. Recio suspiro partió de lo reseco de su boca cuando el demonio tocó la reciente y sanguinolenta herida más el lamento no alcanzó mayor protesta por el mencionado roce de clara intención malévola. Aguantó la respiración empero y para cuando llegó el turno de dejar escapar el aire el hocico de su verdugo se la introdujo hasta la mismísima garganta rozándole hasta la campanilla en su deslizamiento por lo húmedo y caliente de esa lengua que tan altanera y picante se mostraba en el habla. La columna del de pelambrera oscura actuó por instinto y a pesar de las hendiduras sangrientas en su espalda aquella misma se arqueó, evidenciando muy a su pesar el placer de la caricia impartida en su rabo. Aunque rudo aquello poseía alto nivel de morbosidad, el condenado demonio sabía perfectamente dónde tocar y en qué zonas succionar para que lo anteriormente flácido se mostrase ahora vigoroso y en espera de recibir más cuidados tras la violenta sacudida del cinturón.

Obviamente la manzana del edén no estaba hecha para la boca de la serpiente y pronto la mamada se convirtió en un abrazo estrangulador por parte de lo que supo, era el cíngulo con el que anteriormente le apaleó sin clemencia. La llamada que éste hizo al puto que les acompañaba hizo que buscase con la mirada al que ahora yacía arrodillado frente a sí con el terror en la mirada, no obstante y a pesar de ése sentimiento pareció no vacilar lo más mínimo antes de volcarse en una mamada que, aunque el chico ponía empeño, no era igual a la ofertada por la boca del de cabellera carmesí pero si era lo suficientemente candente como para mantener erguida la erección del sometido ebrio. La acción siguiente de Ayperos si logró arrancarle lacerante sonido, le estaba abriendo el culo salpicado en marcas demasiado recientes para ser tan siquiera tocadas pero era indiscutible que aquello poco y nada le importaba al condenado venido de las llamas del infierno. Aaahhh... ¡Joder! ¿Qué estaba haciéndole? Si la vigorosa chupada que le hizo en la polla le pareció exquisita el movimiento de aquella sinhueso clavada en su recto logró que estuviera abandonándose a la acción carnal acontecida. ¡Pero! El dolor y el placer se mezcló de manera tan retorcidamente deliciosa que dudó en si gemir o quejarse, en si insultarle o pedir más. Su erección deseó crecer pero las jodidas hebillas del cinto se le clavaron sin ningún tipo de consideración por su palpitante y dañada polla, una que era recibida por la boca experta del puto y aunque la saliva le limpiaba y aliviaba las heridas no podía negar que el agarre estaba volviéndole loca. –Arrancámelo, cabronazo...- la voz del borracho se dejó escuchar mientras su cadera se movía hacia la boca que estaba centrada en su retaguardia.

El único superviviente de la masacre a manos de Ayperos levantó cabeza sin desatender el falo que le sabía a sangre mirándole confundido ¿Estaba pidiéndole que se la mordiera o...? Ah, claro. El cinturón. El muchacho miró dubitativo al que parecía beberse el culo del rey y no llegándole nuevas órdenes prefirió hacer caso al que inspiraba temor y siguió con su elaborada labor muy a pesar de que ése maniatado volvió a pedir que se le liberase el falo de aquella horrible presión. Los huevos estaban llenándosele de esperma y la base de su polla estaba tan hinchada que parecía que estuviera por reventar. Cada vena se enmarcaba con vigor bajo la piel  y estas palpitaban con desazón obligando al retenido a soportar la carga de un esperma que deseaba salir.

Se valió del punto de apoyo que sus piernas tenían sobre los hombros del pelirosado y pujó su cuerpo hacia arriba hasta el punto que aquella lengua abandonó su prieto cuelo, pero no le dio tiempo a represalias verbales o físicas, dejó caer con todo nuevamente las caderas enterrándose aquella condenada ahogando con ello potente jadeo, empezaba a ser partícipe de aquella sádica enmienda y es que para suerte del ebrio, el alcohol tenía adormecido el cuerpo que presentaba ahora tantas marcas de la pasión ejercida por Kasa sobre su fisonomía. Pero por más placer que su cuerpo pudiera estar experimentado existía aún el inconveniente que venía a ser representado como lo que no dejaba que se corriera o que disfrutase plenamente de todo contacto con aquellas dos lenguas tan bien entrenadas. –¡KASA! ¡PARA!.- el vahído zurró con potencia los adormecidos sentidos del rey y una primera arcada evidenció el futuro vómito si las emociones no bajaban a otro nivel. La involuntaria convulsión logró doblegar el cuerpo suspendido en el camastro y el adulto tragó aquello aglomerado en la garganta como buenamente pudo, no deseando ganarse más fustigaciones por mancharle las sábanas... ¿Hasta qué punto había llegado todo aquello? la cabeza le daba vueltas y más vueltas debilitando al siempre altivo.

-A-acabaré contigo, Ka-sa...- nueva arcada, otro movimiento involuntario y las heridas le azotaron en dolor. Aquello debía ser pesadilla de la que pronto despertaría, o sueño húmedo que evidenciaba lo retorcido que podría llegar a ser en sus más bajos instintos. Sea como fuere estaba llegando a muy peligroso final en el que el desmayo sería el protagonista si las acciones seguían por ése rumbo. Su ano fruncido se abría y cerraba contra el músculo que le penetraba invitándole a escalar nuevas cimas de aquellos rugosos anillos que daban acceso a su recto y tras ello intestino, pero mostrándose recelosa de compartirse sin batalla previa. Demasiada saliva aglomerada en su boca, así que esta escurrió por un costado de su boca tras acabar aquella última amenaza, deslizándose sin control por la forma de su mentón y muriendo a la altura de su cuello, goteando incluso hacia la cabeza del que aún restaba entre sus piernas en aquella mamada a espera, posiblemente, de nuevas órdenes.





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Re: Una arriesgada confesión [priv Magheq]

Mensaje por Ayperos el Sáb Dic 14, 2013 5:44 pm

Al demonio le importaban un carajo las quejas del monarca, las arcadas y los gritos de súplica. Había tomado la férrea decisión de sodomizar al Rey tuerto, y el momento de cumplir con su objetivo ya se encontraba tan cerca que Ayperos casi podía saborearlo. Meter su polla en el culo de ese prepotente alcoholizado sería su momento de victoria, de recuperar el honor perdido. Él volvería a ser el semental, y el Rey tuerto pasaría a ser su puta. - ¿Cómo voy a detenerme ahora, que viene lo mejor de la noche? Relájate, mi Rey, verás como pronto empiezas a disfrutar de esto como la zorra que sé que eres – evidentemente el demonio tuvo que sacar su lengua de lo más profundo del trasero del pelinegro para poderle decir aquello, sino hablarle habría resultado de lo más incómodo. Entonces el demonio se apartó del trasero real y se puso en pie, evaluando la escena en la que estaba participando, observando los componentes, y fantaseando en su mente cómo sería mejor que se situaran para que la experiencia resultase tan grata como él deseaba.

- Tú, puto, deja de chupar esa sucia polla y siéntate sobre la cama, tal como estás – el chico le obedeció, pero el demonio no estaba del todo contento – No, mejor túmbate – rectificó entonces, y así lo hizo el chaval, quedando tumbado sobre la cama boca arriba, con sus pies abiertos hacia Magheq y su cabeza reposando en lo que serían los pies de la cama – Quieto – susurró con voz ronca el sádico violador. Entonces, sin más preámbulos, pegó su anatomía a la espalda del Rey tuerto, y le rodeó la cintura con su brazo. Ayperos inclinó su cabeza hacia abajo y puso su mano libre sobre la nalga izquierda del moreno, acariciándosela con firmeza, abriéndosela. Su duro e hinchado glande, del tamaño de una manzana pequeña, estaba puesto de manera amenazadora sobre la abertura posterior del tuerto – Deberías besarme los pies por haberte puesto lubricante… muchos putos han muerto de manera espantosa, con los intestinos desgarrados, por haber recibido dentro de su culo mi dura polla sin preparación previa – le dijo con voz sensual el demonio, que si bien si había lubricado el ano con su saliva usando la lengua, pero en contra de eso no le había metido ni un solo dedo dentro, así que no le había dilatado la entrada. Era verdad que gracias a la saliva su ano no se desgarraría, pero el tremendo trabuco que tenía el demonio de pelo carmesí entre las piernas era tan enorme, que poco le faltaría para que eso ocurriera. El dolor que sentiría Magheq cuando fuese sodomizado sería tan intenso, tan profundo y desquiciante, que incluso cabía la posibilidad de que se desmayara, se pusiera a llorar suplicando piedad o de verdad se volviera loco de remate. Eran muy pocos los que habían sobrevivido a una violación por parte del pelirrosa y lo hubieran podido contar luego.

Fue un movimiento rápido, fugaz, un breve parpadeo. Ayperos empujó sus caderas hacia delante y hacia arriba, con toda su mala leche. En media milésima de segundo tenía su descomunal rabo incrustado hasta un cuarto dentro del ano del Rey tuerto – Joder, que culo más apretadito tienes Magheq… será terriblemente delicioso para mí follártelo – le dijo el demonio a su víctima. Acto seguido, alzó la mano con la que le había abierto la nalga y con sus uñas, que más bien eran garras, cortó las sábanas con las que había colgado al Rey sujeto del alto dosel de la cama. El monarca, que había permanecido de puntillas todo el tiempo, cayó vencido por la gravedad y su propio cansancio, y por su propio peso se enterró dentro de su trasero unos centímetros más de aquella monstruoso mandoble, Ayperos acompañó el movimiento dándole mayor fuerza, con la mano que tenía en su cintura – Qué culito más goloso, mi Rey ¡Si está deseando comer polla! – dijo de manera sarcástica el violador. Luego miró al puto, que estaba tumbado boca arriba sobre la cama y le dio más instrucciones – Chico, abre bien las piernas. Quiero que apoyes tus rodillas en el colchón, al lado de tu cabeza, y que levantes tanto el culo que pueda verte el ojete. Y recuerda lo que te dije antes. Si haces cualquier tontería sufrirás la más terrible de las muertes – el puto asintió y se puso como el demonio le había ordenado.

- Esto te va a encantar, mi Rey le dijo el de pelo carmesí a Magheq a su oído, mientras empezaba a bajar su cuerpo, guiando la anatomía de su enemigo hacia el cuerpo del puto. El chico entendió en seguida cual era el propósito del sádico y intentó colaborar, abriéndose él mismo las nalgas, y acercando como podía, en la complicada posición en la que se encontraba, su agujero de atrás al rabo del pelinegro, a quien el demonio estaba acercando al puto. – No temas, princesa, verás que rico se siente – y en cuanto Ayperos vio que el glande de Magheq quedaba justo en la entrada del ano del puto, exclamó – ¡Ahora! – y empujó de nuevo, con un movimiento tan fuerte y seco, que terminó de ensartarle su descomunal polla en el real trasero, al mismo tiempo que obligaba al tuerto a insertarle su polla al puto dentro de su culo vicioso. – Aaaaaaaaaaaahhhhhh qué bieeeeeeeeen – jadeó el malvado ser de las tinieblas, quedándose por unos segundos completamente quieto, tumbado a peso sobre el cuerpo de Magheq, que quedó aprisionado entre la anatomía del demonio y la del prostituto. Éste último tenía la cintura tan doblada que su propio rabo le golpeaba su misma nariz.

Para Ayperos aquella postura era de lo más estimulante, ya que podía llegar a profundizar mucho follándose ese rico culo que tenía a su disposición, pero para el Rey tuerto y el puto iba a ser una experiencia dolorosa y terrible, ya que el demonio no había quitado (a propósito) el cinturón que el pelinegro tenía amarrándole la base de su polla, eso quería decir que seguiría sin poderse correr sin su permiso, y además de eso, puto y monarca debían estar clavándose ahora mismo la dura y fría hebilla, causándose mutuamente un gran dolor, en culo y rabo, y ese daño se vería incrementado con cada movimiento que Ayperos hiciera, pues al sacar y meter su polla del culo de Magheq, por inercia el moreno sacaría y metería su polla del culo del prostituto, provocándose tajos, heridas y moretones en sus zonas pudientas. ¡¡Qué divertido iba a ser ese polvo!! ¡Qué bien se lo iba a pasar torturándoles de aquella vil manera! El demonio agarró de mala manera uno de los brazos del monarca y se lo giró, aguantándoselo en su propia espalda, así el pelinegro solo dispondría de un brazo libre mientras le violaba, pero poco podría hacer contra él en el estado en el que estaba – Voy a empezar a follarte, hermosa princesa, así que prepárate… - le susurró el malvado ser del infierno, que seguía apoyando todo su peso en el cuerpo del tuerto – Ah, y si quieres vomitarle encima al chico, adelante, no te reprimas. Pero eso no hará que me detenga. Los únicos que saldréis perjudicados seréis tú y ese puto de tres al cuarto, así que piénsatelo muy bien antes de hacerlo – el prostituto, que había quedado inmovilizado, y que tenía su rostro justo delante de la cara de Magheq, con ambas rodillas a lado y lado junto a sus orejas, se asustó al oírle decir eso. Normal, la amenaza del demonio sonaba muy seria, y no quería verse bañado por semejante inmundicia. El puto no se atrevió a decir nada, pero miró con ojos suplicantes al monarca, rogándole en silencio que, por el bien de ambos, no hiciera aquello que parecía estaba a punto de hacer. Ayperos entonces usó su mano libre para coger el pelo de la nuca del moreno, un buen puñado, y tiró fuerte de él, mientras aprisionaba el brazo retorcido – Allá voy – anunció, y acto seguido empezó a sodomizar al Rey tuerto con unas embestidas tan potentes, profundas e intensas, que parecía que quisiera atravesarlo y terminar follándose al puto, así de intensos eran los embistes con los que lo violaba sin piedad – ¡AAAAAAAAAAhhhh que culo más estrecho tienes, Magheq! – exclamó el diablo, aumentando paulatinamente la fuerza y velocidad a la que se follaba a su enemigo.


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Re: Una arriesgada confesión [priv Magheq]

Mensaje por "Magheq" IV. Kahlfuss el Jue Dic 26, 2013 6:36 am

Único orbe que restaba en su cara tras batalla fatal pareció salirse de su órbita cuando descomunal falo se insertó en su recto con obvia brusquedad inscrita, aunque intentó sellar la boca por orgullo, profundo alarido del más desgarrador de los dolores escapó desde lo más recóndito de su garganta raspándole incluso la zona al hacerlo. ¡UT! ¡UT tenía que salvarle de aquello! muy posiblemente todo esclavo, maleante y personal del castillo creerían ya muerto al monarca tras el aullido que profanó paredes y habitación del pelirrojo. Mantuvo boca abierta en vago intento por mantener una respiración que en cada exhalación se hacía más y más apresurada empero intentos fueron en vano y es que cuando tela fue rasgada y el propio peso de su cuerpo se aseguró de cobijar lo grueso de esa polla de nuevo toda respiración se vio abruptamente alterada, más para su suerte esta vez sí fue capaz de callar lo que su boca pareció desear exclamar. Le odiaba, ahora le odiaba. Cabeza iba a estallar pero aquella no era la que más le dolía a pesar del mareo típico tras toda la ingesta de alcohol que tenía en el cuerpo, no, era su recto quién sin lugar a dudas se llevaba la peor duda... O eso creyó, o eso esperó. Si bien tan brusca penetración –y posterior dolor que aquella provocó- consiguió que su propia erección redujera tamaño y por ende que el agarre del cinturón entorno a su polla se hiciera más soportable pronto la sádica mente de su violador discurrió en nueva tortura, una que afectó únicamente al sodomizado. La voz de ése jodido torturador pareció estar a kilómetros de allí, únicamente fue capaz de escuchar el choque de sus pelotas contra su redondeado trasero en el momento en el que le obligó a empujarse contra ése recto predispuesto para él.

-AAAHHH!- gimió en retorcido quejido, la jodida correa que le tenía el pene acordonado frenándole cualquier intento de eyaculación se le clavó con brío en la fina y delicada piel, pero él no se llevó la peor parte de aquella tan poco gentil caricia, si no que fue el tercero de aquella cadena quién resultó desgarrado y sangre pronto hizo de vaselina para el pene del rey, quién a fuerza del mareo y del propio suplicio tenía sudorosa cabeza descansando contra la espalda de ése que muy posiblemente moriría por falta de vítae que por el recto se le escapaba, pero su propia posición no podía ser la más cómoda debido a que el pelirosado le tenía sujeto por un brazo logrando que su cuerpo yaciera muy ligeramente ladeado por la fuerza del impulso para con aquella extremidad. Cada hebilla de esa condenada correa se clavaba en él, en el otro y todo movimiento era recibido con tormento. –Te mataré... Kasa... Juro que te mataré...- no supo del cierto como estaba siendo capaz de hablar desde la posición tan lamentable en la que se encontraba, baba escurría por un costado de su comisura y es que tal era el suplicio que no era capaz de tragar, no era capaz de razonar, mucho menos de disfrutar de aquello a lo que estaba siendo obligado.

Y empezó el baile infernal.

La fuerza del agarre impuesto por Ayperos en su cabellera imposibilitó que prosiguiera con la cabeza apoyada en la fina espalda del puto y su garganta quedó expuesta a la nada mientras que como pez fuera del agua su comisura boqueaba una y otra vez, queriendo hablar, queriendo gritar, pero no salió ni un solo sonido a pesar de los intentos del Rey de Exules, la verga de ése condenado se movía con tal fuerza y brusquedad que juró que no se alojaba en su recto si no que el condenado buscaba cobijarse en su vientre, lugar en el que, tal vez por la poca lucidez que el alcohol le aportaba, le sentía. –K-kaaaaaahhhh-saaa...- el dolor era descomunal. El anillo de entrada a su cuerpo, poco acostumbrado a recibir visitas se cerraba entorno al gran falo que estaba insertado en él y se marcaba contra éste en contracciones bruscas buscando la inmediata expulsión de quién parecía disfrutar de aquel polvo. A como pudo llevó su mano libre contra el colchón en vago intento por afianzarse de algún modo a la realidad aunque el dolor recibido por ambas partes de su anatomía estaba rompiéndole resquicio de humanidad que pudiera albergar en su oscuro interior. El cinturón se encargó del resto y es que en cada nueva embestida éste se movía contra el cuerpo de los dos que yacían conectados por el mismo y les fustigaba los muslos ante la velocidad alcanzada por el demonio, rompiéndoles la piel y haciéndoles sangrar. Aquello era un coctel de sangre, de dolor, de placer. Esa cobijada en el recto del puto se movía sin tan siquiera pretenderlo debido al contoneo de las caderas del pelirosado pero era lo metálico lo que le herida, era el agarre lo que dolía. Echó la cabeza hacia atrás para que los tironeos hacia su morocha cabellera no fueran tan violentos y la baba escurrió ahora por la dermis de su cuello creando un sinuoso camino hasta su pecho perlado en sudor. Si aquello era tan violento, tan doloroso, no se explicaba cómo aún seguía con consciencia para seguir sufriendo. Le llamó una vez más en vago intento por aclamar a la piedad, por verse liberado. Los dedos del monarca se aferraron en las sabanas que eran pertenencia del violador y es que poco más que dejarse era cuanto podría hacer debido a su jodido estado. Sin embargo aquello no quedaría así, para Ayperos ya n existirían tratos diferenciales ni clemencia ninguna para con las misiones que le encomendaría de ahí hacia delante. Ya no sería cuidar numans lo que éste haría, no, las misiones más patéticas, las menos aclamadas por el resto de maleantes, las más vergonzosas y vejantes, esas serían las que desde ahora le esperarían.

Los rugosos anillos de su interior parecieron ofertarse más sumisos al que realizaba tan brusca contienda para consigo y es que relajarse era la única opción a que ese enorme pedazo de carne palpitante no le reventase, aunque el monarca aún se sentía partir en dos a causa de los movimientos. –¡AH! ¡AAHH!- le tragaba, le apretaba, le cobijaba ahí dónde recto perdía el nombre y es que el ebrio estaba totalmente convencido de que estaba golpeándole la parte interna del estomago llegando a lugares dónde nadie, absolutamente nadie hubo llegado en anteriores polvos. Dolía, por UT que aquello dolía pero no hubieron más lamentos por su parte a parte del primero ante la primera estocada que le propinó el sádico, era el prostituto quién se estaba apagando poco a poco, si bien éste grito y se retorció en un inicio ahora yacía con los ojos fijos en ningún punto y con las mejillas caladas en lágrimas muy posiblemente a raíz de un llanto al que ninguno prestó atención al estar atendiendo a propias razones y sentires.

La polla del rey de Exules estaba recubierta en sangre propia y en la de aquel al que estaba penetrando sin tan siquiera desearlo así. Pero... Ah, parecía estar renovarse en fuerzas y mano libre se alzó poco a poco del colchón temblorosa en un inicio pero firme en cuanto a la acción que iba a ejecutar. En una de las reculaciones de la polla del violador su palma tomó posición sobre el trasero del puto y le empujó con tal fuerza que el cuerpo casi inerte de éste se apartó de la penetración y cayó contra el colchón con las piernas separadas, aunque muy posiblemente lo metálico le habría rasgado de vuelta ante la violencia que Magheq gastó para apartarle. La sangre era la protagonista entre los muslos y prieto interior del puto, el olor a lo metálico de la misma le embriago a tal punto que nuevamente sintió las ganas anteriores de devolver y las jodidas embestidas del violador no ayudaban en lo más mínimo a contenerse. Sin embargo y sin el apoyo del crío su cuerpo osciló hacia delante al no tener la fuerza necesaria para sujetarse por su cuenta y así quedó suspendido nuevamente en dirección al colchón, aunque no lo rozó debido a que proseguía sujeto por uno de los brazos.
Pero ahí no acababa, aún tenía mucha guerra por ofertar y posiblemente, también por recibir. Mano utilizada para apartar el puto de su adolorida polla se intentó liberar ahora del cinto... Mal hecho. Cuando esta abandonó su erección el semen chorreó como una fuente rota, se corrió con la violencia de un caballo semental en lo que gritaba como todo un poseso.





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Re: Una arriesgada confesión [priv Magheq]

Mensaje por Ayperos el Jue Ene 02, 2014 12:08 pm

Ayperos folló con brutalidad el prieto culo del monarca por unos larguísimos minutos, en los que el demonio se sintió en la puta gloria. Por fin veía resarcido su orgullo herido. Magheq, el alquimista que había osado derrotarle en batalla, aquel que lo había infravalorado como soldado otorgándole las misiones más irrisorias, el mismo que siempre estaba mostrándose insoportablemente prepotente ante su persona. El maldito Rey tuerto, que en esos momentos se retorcía de dolor, mientras profería vanas amenazas de muerte a su persona – ¡Insúltame! ¡¡Vuelve a decir que me matarás!! ¡¡Grita más fuerte!! ¡Suplícame que te perdone la vida! – el demonio de pelo carmesí se iba encabritando a medida que su excitación aumentaba de nivel, y no paraba de importunar al tuerto con sus palabras, afiladas como puñales.

En una de las feroces embestidas que Ayperos propinó contra el culo de su Rey, vio como el puto se salía de debajo del cuerpo de su enemigo - ¿Qué haces? ¡¡Vuelve a tu lugar!! – le gritó el demonio, muy enfadado, pues creyó que había sido el mismo niño quien se había retirado de aquella orgía improvisada. Pero no tuvo tiempo de ensañarse con él, pues acto seguido el cuerpo de Magheq empezó a convulsionarse y Ayperos no dudó de cuál era el motivo, cuando vio salir disparada aquella espesa y monumental lechada, sobre las sábanas de su cama. - ¡¡WAAAAAAAAAAAH!! – gritó el demonio encolerizado, pues Magheq no debía haberse corrido hasta que a él le hubiese dado la puta gana.

Por ese motivo, el de pelo carmesí cogió al tuerto y lo volteó por completo en el aire, en un gesto firme y rápido, muy brusco, dejándolo caer de espaldas contra el colchón. El cuerpo del Rey tuerto había quedado completamente cruzado sobre la cama en horizontal, cruzándola por la mitad en sus lados más cortos - ¡¡Eres una maldita puta que no se sabe ni contener!! ¿¿Tanto te gusta sentir mi polla perforándote el culo?? – le increpó gritándole, y manteniéndole quieto con una de sus grandes y firmes manos agarrándole por el cuello – Muy bien, Magheq, tú lo has querido. ¡Ahora sí que me has hecho enfadar de verdad! – le amenazó. Acto seguido, Ayperos se situó de rodillas entre las piernas abiertas del moreno. Utilizó sus dos manos para alzar el culo herido de su víctima, obligándolo a adoptar la misma postura que hacía unos segundos el puto había adoptado. Es decir, con el trasero levantado en el aire, las piernas completamente abiertas, sobre los hombros del demonio, y con el estómago doblado sobre sí mismo. El rabo de Magheq casi le tocaba la cara al mismo Magheq de lo doblado que le estaba obligando a ponerse – Me encantará follarte así, mi Rey susurró el demonio a su enemigo – En esta postura podrás sentir como mi rabo desgarra tus intestinos, atraviesa tu puto estómago y seguro que podré llegar a correrme dentro de tu linda boca de zorra – una vez dicho esto, el demonio agarró con fuerza las caderas del monarca y empujó tan fuerte sus caderas contra él, que consiguió meterle, esta vez sí, toda su enorme herramienta de un solo golpe dentro de su ajado trasero – ¡¡¡AAAAhhhhmmm!!! ¡Qué ricoooo jodeeer!! – exclamó el demonio, al sentir por segunda vez, su polla destrozando el culo de ese alquimista engreído y cabezota.

Pero el sádico de Ayperos no iba a quedar satisfecho solo con violarle de nuevo, necesitaba más humillaciones para el maldito Rey tuerto, algo que le ayudara a poner la guinda del pastel. - ¡¡Tú puto, despierta!! – le gritó al joven, que estaba tumbado de lado sobre la cama, semi-inconsciente por la brutal violación de la que había sido víctima. Como el chico no respondía, lo agarró del pelo, y sin dejar de violar al tuerto, tiró al puto al suelo con muy mal genio - ¡¡Despierta de una vez o te las verás conmigo!! – rugió el demonio de manera atronadora. Por fin el muchacho, que había perdido muchísima sangre por su trasero herido, del que todavía rezumaban hilos de ese líquido carmesí, reaccionó y se medio incorporó. Estaba muy pálido, y como con rostro somnoliento. Al demonio le sudó el rabo el deplorable estado del chaval y le ordenó – Ven aquí y empieza a pajearte ¡¡Pero no se te ocurra correrte hasta que yo te lo ordene, o te arrancaré ese pito de nena que tienes y te lo haré tragar!! ¡¿Entendido?!  -

El pobre prostituto ya no sabía si estaba más vivo o muerto, pero no quería que ese demonio cumpliese su amenaza, por lo que cumplió con aquella orden, que a todas luces sería la última que podría obedecer en su corta vida. Así que se puso frente al rostro del Rey tuerto, como le había señalado el sádico violador, y empezó a masturbarse, mientras su cuerpo se tambaleaba, de lo mareado que estaba por la anemia. Ayperos dejó una de sus manos bajo el trasero de Magheq, y subió la otra para agarrarle del cuello, que se le había quedado junto en el borde de la cama, así que apretándolo con mucha fuerza, al tuerto no le quedaba más remedio que tirar su cabeza hacia atrás, donde estaba el puto pajeándose con su diminuta polla apuntándole muy de cerca. Todas las sábanas, el colchón, las paredes, el suelo y sus propios cuerpos, estaban cubiertos de salpicaduras y grandes manchas rojizas, mezcla de la sangre de ambos sodomitas.

-  Ahora sí que te voy a follar tan duro que vas a desear estar muerto, mi Rey y el demonio no dejó ni que analizara las palabras que acababa de decirle, pues comenzó a embestirle de forma tan rápida, profunda e intensa, que parecía que fuese a partir la robusta madera de la que estaba hecha la cama en dos mitades. Era como si Ayperos se hubiese visto inundado por toda la ira, deseo de venganza y crueldad existente en el infierno desde que el mundo es mundo, y lo estuviese vomitando sobre el monarca tuerto a través de las bestiales y salvajes penetraciones de su polla en el culo del enemigo - ¡¡WAAAHHHHHH!! ¡¡SIIIIIII!!! ¡¡Jodeeeeeeer como me gusta follarte, mi Rey!! – el demonio no paraba de soltar improperios mientras lo sodomizaba brutalmente, sin darle respiro alguno. El puto parecía un maniquí, un cuerpo ya casi sin vida ni sangre, que se movía por pura inercia. Al demonio le habría encantado pasarse muchas más horas violando al tuerto, incluso follarle hasta que lo matara a polvos, eso podría ser divertido, correrse en sus entrañas al mismo tiempo que Magheq exhalaba su último aliento de vida. Pero hacía demasiado rato que lo sodomizaba sin compasión, y la excitación que sentía entre las piernas era demasiado poderosa para poderla ignorar. Aumentó aun más el ritmo y la intensidad de sus golpes de cadera, casi intentando atravesar el cuerpo ajeno con su polla – ¡¡Aquí me viene, Magheq!! ¡¡¡Siente mi semen como te llena por dentro!!!Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!!! ¡¡AAAAAAAAAAAAAAAHHH!!! – Ayperos le hizo una señal al puto, que empezó a correrse de manera discreta sobre el rostro del Rey, al tiempo que él clavaba su duro mástil en lo más profundo del intestino de su enemigo y su polla empezaba a palpitar y contraerse, soltando una oleada, otra, otra, y otra más, de ardiente y espeso esperma, que comenzó a llenar el estómago del moreno. Parecía que la corrida del demonio no tenía fin. En cuanto el puto terminó de correrse, cayó desplomado al piso, sin vida.

Entonces Ayperos agarró el pelo del tuerto y le obligó a alzar la cabeza  caer una última frase antes de marcharse de allí – Espero que te quedes preñado de mí, Magheq. Rezaré para que mi semilla germine en tu interior… - esas palabras no tenían demasiado sentido, ya que el demonio no parecía ser precisamente un ser paternal, pero pronto terminó de decorar su discurso, añadiendo – Dejaré que disfrutes de tu embarazo, y cuando llegue el momento en que vayas a darlo a luz… - se acercó más al rostro del Rey – Vendré y me lo comeré vivo, delante de tus ojos ¿Qué te parece eso mi bastado Rey tuerto? ¿Te gustaría compartir ese maravilloso manjar conmigo? -  Ayperos lo que buscaba diciéndole aquellas crueles palabras no era sino cabrear aun más a Magheq, a ver si lograba que se le escapase alguna información más sobre aquel niño que había muerto, por ejemplo quien era el padre del mismo.

Spoiler:
Off. Estaría bien que a Magheq se le escapase el nombre del progenitor de su hijo, para poder ir a por Gin con toda la información. Si te parece bien, tu post podría ser el que cierre este hilo y empiezo ya el nuevo con Gin. ^.^ ¡Espero que lo hayas disfrutado tanto como yo! Aunque al pobre Mag le va a estar doliendo el culo una buena temporada XP


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Re: Una arriesgada confesión [priv Magheq]

Mensaje por "Magheq" IV. Kahlfuss el Sáb Ene 04, 2014 1:08 pm

El más aterrador y mordaz de los dolores atravesó la baja espalda del monarca en cada invasión protagonizada por aquella otra polla del tamaño menester para rellenarle como al pavo de navidad. Creía imposible que una verga pudiera llegar al nivel que esa otra estaba haciéndolo, sintiéndola golpear y abultar zonas de su estómago. ¿Es que ése sádico trenzudo le había desgarrado de verdad? El dolor así se lo decía y si bien antes se aseguró de callar todo sonido plañidero ahora no era capaz de tragar y aguantar. Alquimista o no su cuerpo era numan y no estaba inmunizado al calvario en el que se encontraba envuelto, UT le dio la gracia de la inmortalidad empero descuidó adicionar al embrujo resistencia a las constantes cruzadas a las que aquellos doce se veían envuelto. Jodido hijo de puta. Seguro que era para regocijarse en contiendas de esa índole dónde el sufrimiento y martirio de uno de los elegidos por el dedo de I se hacía latente.

Sentía como si un filoso cuchillo se sacase para volverse a incrustar con justa degollina en un recto que sangraba muy posiblemente por micro desgarres provocados por la violenta violación. Cada insulto era una nueva vejación que empequeñecía al que aires de grandísimo tenía rodeándole en todo momento. Ése cruel tirano conocido por el pueblo no era ni la mitad de salvaje de ése que atravesaba sus posaderas con acertante congoja para el que yacía con la espalda contorsionada sobre el colchón, no podía siquiera cambiar posiciones o procurar estirar las piernas de la incómoda postura en la que el otro le dejó para no dejar de estocar contraído y damnificado trasero.

-¡¡PARA!! ¡KASA PARA! ¡PARA! ¡NI SE TE OCURRA!- ¿Qué...? ¡¿Se iba a correr dentro?! Intentó mover aquellas manos sin ataduras pero tembloroso cómo se encontraba por el dolor surcando su anatomía no atinó a asestarle ni un solo empujón para evadir lo que tenía cierta corazonada que vendría. Ése condenado pene parecía crecer conforme la contienda entre ambas caderas se daba, aunque la suya estaba estoica en su dejada posición para evitar una mayor compenetración entre ése grueso trozo de carne y su roto culo, de lo contrario se temía terminar cómo ése puto al que le salía la polla del condenado demonio por la boca en aquella fiesta que ambos se dieron tras declararse vencedor en la primera pelea de entre ambos. –Aaah...! ¡PARA!- sonó esta vez suplicante, poca consciencia era la que restaba en el tuerto, todo lo que pudiera llegar a sentir más allá del aterrador dolor poco era, pero detenerle era misión a cumplimentar. Era... debía... Algo en su mirada se apagó. Lechosa y abundante venida saturó aquel regio conducto que no cesaba en contracciones que pretendían la expulsión del cuerpo dañino, del malvado en la escena, y pareció estar tragándose lo regalado a causa de los bruscos movimientos de esos rugosos anillos que daban entrada en un cuerpo destrozado, sangrante y de mirada perdida en el rostro de su violador. Gesto primeramente contraído por una expresión de eterna dicha ante lo que acababa de realizar. Ruido sordo de un cuerpo caer fuera de la cama y... ahora sólo eran dos y no tres los supervivientes a esa escena repleta de sangre. Obligado a mirarle su expresión no varió ni un ápice durante el tironeo que sufrieron sus oscuras hebras aunque su mirada se abrió en un máximo exponente aquella vez, rasgado orbe nipón se tornó tan redondo como la de aquellos europeos de alargados cuerpos.

No. No podía ser cierto. Estaba... Estaba jugando con él, transformando todo temor que residía en su interior en amenazas que descolocaban al que aún intentaba recuperar perdida respiración, al que a pesar de sentirse partido por la mitad aún no perdía la consciencia. –Si ése día llegase...- tragó saliva y por fin mano derecha tuvo fuerza, mínima, pero logró colocar abierta palma en el torso de su ahora más detestado enemigo. –Si llegases a preñarme...- parecía que iba a perder la conciencia de un momento a otro, el cuerpo del numan estaba consumiéndose debido a la pérdida de sangre como una vela con la correspondiente perdida de cera. –... Me suicidaría.- antes muerto a llevar en su vientre el hijo de ése condenado. Antes finiquitado a tener que volver a soportar el dolor de la esperanza para que todo esfuerzo se viera reducido en nada: Sabía que el otro sería muy capaz de cumplir con aquello, de comerse al que vendría si el esperma se arraigaba en el útero y yacía en él, el milagro de la vida. Mano que con sobreesfuerzo logró colocar sobre el hombro del demonio resbaló por esa dermis recubierta en sudor y terminó por hacerse hueco en las manchadas sábanas. El eco del sonido provocado fue similar al que hizo el puto a perder la vida, aunque lo que perdió el rey tuerto fue la consciencia ante la anemia provocada por la constante falta de aire y el ejercicio que ése inmortal cuerpo le había otorgado de manera tan destructiva para un organismo que tardaría, posiblemente, un par de semanas en sanar todo lo que ése le hizo en la hora en la que decidió marcarse en un cuerpo hasta ahora siempre activo desde el destierro que le propiciaron aquellos a los que en su día pudo llamar amigos o familia.

El desfallecido dejó de otorgar pelea para con el pene foráneo, relajándose hasta tal punto que su trasero permaneció tan abierto cómo grueso era ése rabo que proseguía enterrado en cuerpo ahora a medio finar existencia. Ya no habría miradas de odio por un tiempo pues se aseguraría de mandar de una patada a ése maldito condenado lejos... Todo aquello, claro, si era capaz de recordar alguna de aquella deplorable escena y es que la ingesta de alcohol posiblemente crearía espacios vacíos en todo lo que aquella noche en la cama del pelirrojo sucedió.

Aahhh.. Maldita fuera, aún y dormido podía sentir un extraño escozor en lo más interno de su desgarrada entrada y aquella sensación le llevó al recuerdo de la primera vez. -Gintoki...- fue un susurro tan suave como la tela de las más caras de las yukatas que tanto el pelirosado como él pudieran tener en su más suculenta colección de piezas únicas. Quizás le soñaba, tal vez el ingenuo buscase algún tipo de protección por parte del que juraba haber olvidado. Lo cierto es que fuera por el motivo que fuere la inerte zurda perdida en algún lugar del colchón buscó algo de contacto con otro cuerpo, uno que sabía cerca, uno que se imaginaba al lado.

Así el violado terminó por sujetar por una muñeca al sudoroso que tenía sobre sí obligándole a restar en algo muy, muy parecido a un abrazo.

- CERRADO -
Off:
<333 ¡Fue tan divertido~! Espero que Kasa aunque tenga ahora punto de mira no abandone su posición o el rey le cortará las bolas!!!





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